Revista Bajo los Hielos N° 15

(Mayo de 2005)

El Templario

(Juan Pablo Vitali)

(Juan Pablo Vitali)

El templario plasmó su perfil, contra un fondo de arena y de roca.

Su mano izquierda, tanteaba la empuñadura adornada con piedras preciosas; y la diestra se apoyaba sobre la frente, protegiendo sus ojos claros de la luz, mientras miraban el horizonte, desde lo más alto de la fortaleza de planta circular.

Usar esa espada le había valido recriminaciones del senescal, ya que el ascetismo templario no se correspondía con aquel lujo aparente; que no era en realidad, sino la expresión de esa inclinación a la belleza de la raza visigótica, a la cual él pertenecía por legado paterno.

Sin embargo, no se había criado en el continente –al que su estirpe había llegado hacía siglos- sino en la isla de Irlanda, donde su madre celta le infundió un cristianismo particular, con una clara influencia druídica.

El empuje de semejante confluencia sanguínea, junto con aquella educación, dio por resultado una personalidad enérgica y compleja, enriquecida por libros sagrados, y por galopes tendidos a lo largo de las playas de los mares nórdicos.

Jamás podría haber aceptado aquel hombre, el destino de ser campesino, con la expectante espera de sumisiones y catástrofes, que ningún rey ni señor puede evitar a sus súbditos.

En su Patria verde, los dólmenes y los bosques convivían con monasterios y monjes, en un maridaje de brumas y de hombres.

Cuando los caballeros del Temple anclaron sus barcos y bajaron a tierra, para atender los asuntos de la orden en el lugar, una sensación hipnótica se apoderó de su alma. Se fue con ellos; y Jerusalén, Trípoli y Antioquía, fueron testigos de su sólida presencia en el combate. Los misterios de varios pueblos se le hicieron familiares; cánticos sufíes y herméticos mensajes del milenario Egipto, se añadían sin esfuerzo a su indoaria estirpe migratoria.

Con precisión y equilibrio, desbalanceaba combates de dudoso resultado, lo que le valió ascensos y respeto. Aquel hombre estaba del lado de la victoria, y todos lo querían consigo a la hora de protegerse las espaldas.

Pese a su creciente prestigio, nunca aventuraba opiniones políticas, tan corrientemente vertidas por los monjes-soldados. Esto le era recriminado, siendo considerado por algunos como una actitud de soberbia, o falta de compromiso. Su independencia, ponía nerviosos a quienes querían asirle, a la organicidad del proyecto de dominación de la orden. Algo le hacía refractario a hablar de reyes y de obispos, del papa y de los ministros.

Y llegó el día, (como llega siempre), del triunfo de la intriga. La hora del fuego y del exilio.

Los señores trocaron en mendigos, los héroes en mercenarios. Tampoco habló de política ese día. Pensó en los tuaregs, en los nubios, y en Egipto y en el Sudán.

Pensó en el Nilo y en sus verdades ocultas, en los faraones nubios, y en los ojos atroces de aquellas mujeres.

Él ya lo sabía antes de la hoguera: ningún estadio político superaría la avidez, y ningún Maestre daría la orden de cortar las cabezas necesarias.

Hacia tiempo que prefería a los tuaregs, a los nubios, y soñaba esas mujeres que eran panteras y gacelas.

Buscaba pueblos de espíritu libre, como había sido el suyo hasta que detuvo su marcha.

Pensó en la lejana isla -a la que amaba todavía-, en la voz de su madre y en su canto profundo, y en su cabellera roja derramada de reflejos, cayendo sobre el rostro del niño asombrado.

Tanteó nuevamente la espada de su padre, mientras recordaba sus últimos años, su exilio de caudillo y su vejez de agricultor.

Ni ellos ni la Orden existían ya. Él lo sabía antes de la hoguera. Lo supo siempre.

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