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B a j o l o s H i e l o s
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Revista Bajo los Hielos Tradición y Literatura Trascendente
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Foro y Boletín gratuito de la revista "Bajo los Hielos": http://www.egrupos.net/grupo/bajoloshielos Contacto: info@bajoloshielos.cl Algunos enlaces recomendados sobre Islam: La diversidad y riqueza de sitios islámicos en la red nos haría llenar varias páginas de enlaces. Además, siempre está el riesgo de omitir páginas importantes. Por ello, estas sugerencias, que no pretenden ser más que una muy reducida base de datos, que sin embargo pueden ser de utilidad para aquellos que desean conocer más sobre esta forma tradicional:
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Cristianismo e Islam (Samir Hariche)
(La Ka'ba, ubicada en Mekka (al-makka al-mukarrama) es el símbolo del Centro del Mundo, lugar al cual el musulmán dirige diariamente las oraciones) El Islam tiene un estatuto y una posición excepcionales entre el resto de las tradiciones. Es la última revelación, y en este sentido, totaliza y sintetiza todas las tradiciones anteriores. El Islam es el Arca que recoge en sí las religiones anteriores y contiene al mismo tiempo los gérmenes de la Tradición del ciclo siguiente. Este estatuto excepcional del Islam es el que explica que al fin de los tiempos, será la única tradición practicada en el mundo. En otras palabras, el Islam está destinado a suplantar a todas las otras tradiciones. Este devenir es ineluctable. Es el destino del Islam y de la Religión en general, y eso no por decisión humana, sino por Decreto Divino:
Es Él Quien ha enviado a su Mensajero con la Dirección y la Religión de la Verdad para que prevalezca sobre toda otra religión (Cor 9, 33; Cor 48, 28; Cor 61, 9).
Se tiene una prueba de que esta pretensión no es sólo el fruto del exclusivismo exoterista, como ocurre con las pretensiones comunes del resto de las tradiciones, en el hecho de que el Islam es la única tradición que reconoce en su letra misma, es decir en su exoterismo, la validez y la legitimidad de todas las tradiciones:
Este es el Libro, a propósito del cual no hay ninguna duda, es un guía para los piadosos, que creen en lo Invisible y cumplen con la Oración, y dan de lo que les hemos otorgado; ésos son los que creen en lo que te ha sido revelado y en lo que ha sido revelado antes de ti y que están seguros de la otra vida. Ésos son los bien guiados por su Señor (Cor 2, 2-5).
El Mensajero cree en cuánto se le ha revelado por su Señor, y también los creyentes: todos ellos creen en Allâh, en Sus Ángeles, en Sus Libros, y en Sus Enviados. “No hacemos distinción entre ninguno de sus Enviados” (Cor 2, 285).
A cada uno de vosotros hemos asignado una Ley y una Vía (Cor 5, 48).
A cada comunidad un Enviado (Cor 10, 47).
A cada pueblo un Guía (Cor 13, 7).
No hay comunidad que no haya tenido ya un Amonestador (Cor 35, 24).
Estos versículos son suficientes para mostrar que la expresión coránica de “Gentes del Libro”, en su sentido más universal, no se refiere sólo a los creyentes de la tradiciones abrahámicas, sino también a los creyentes de todas las tradiciones; tanto más que en Islam, el Libro simboliza la Revelación misma, independientemente del hecho de que ésta se concretice realmente bajo la forma sensible de un libro. Las Gentes del Libro son pues todos los creyentes que siguen una tradición revelada, la practican, y respetan sus mandamientos y sus prescripciones sinceramente. A parte de estos fundamentos escriturarios, la experiencia prueba, si falta hiciera, que el Islam tiende a devenir la tradición más importante del mundo. El siglo veinte ha visto la población musulmana multiplicarse por cinco, y desarrollarse en un 235% en 50 años. Por lo demás, hoy en día un ser humano sobre cinco es musulmán. Este crecimiento exponencial, esta expansión fulgurante no son debidas ni a la guerra, ni al proselitismo, ya que los musulmanes son uno de los grupos más despreciados desde el punto de vista de la cultura y de la mentalidad modernas y occidentales; pero como decía Jesús, con él la paz: “Los últimos serán los primeros” (Mt 20, 16). Hoy en día el Islam es ya la primera tradición mundial, ya que si sólo el Cristianismo está numéricamente por encima, éste último está no obstante en tal estado de división, de atenuación y de desviación, que ya no posee ningún tipo de unidad real y efectiva; además, en el Cristianismo, la pertenencia nacional prevalece sobre la pertenencia religiosa, lo que no ocurre con el Islam. Hasta podemos decir que si las condiciones exteriores necesarias para crear la unidad del Cristianismo fueran suscitadas, esta unidad no podría realizarse por falta de unidad interior. La situación del Islam, por el contrario, es radicalmente diferente, y su función escatológica, tal como está definida por los Libros Sagrados, lo muestra. Luego volveremos sobre este punto. Señalemos desde ahora que lo que está aquí en causa no es la validez de tal o tal tradición, ya que todas, desde el momento en que son reveladas por Dios, son válidas y legítimas. El problema es saber en qué estado se encuentran estas tradiciones. Hay que hablar pues de la degeneración del Cristianismo, que es doble: esotérica y exotérica. Abordemos primero el aspecto esotérico. El esoterismo cristiano, al menos en el Catolicismo, pertenece ya al pasado. Sólo queda la Franco-Masonería, ¿pero qué queda de ella? Se puede criticar a la Masonería en dos aspectos: - Primero está en un estado de degeneración tal que no permite ya una realización espiritual real. Las numerosas desviaciones de la Masonería pueden resumirse en dos esenciales: la desviación esotérica hacia el ocultismo, la magia y los fenómenos psíquicos, y la desviación exotérica hacia las preocupaciones sociales, la sicología, o la política (de derechas o de izquierdas). Hay una gran cantidad de logias que no tienen absolutamente ninguna regularidad tradicional y que hacen de todo menos prácticas espirituales. Ya hace sesenta años Guénon decía: “No conocemos ningún “hermano de iniciación” en el mundo occidental, donde además nunca hemos dado con el menor iniciado auténtico”. ¿Qué decir entonces de la iniciación occidental sesenta años después, que no pueden haber aportado nada más que degeneración? - Pero aparte este primer punto, y suponiendo que se pueda encontrar – lo que nos parece casi imposible – una Logia realmente tradicional y regular, no sólo en sus enseñanzas teóricas, pero sobre todo en sus ritos, la Masonería está limitada a la realización de lo que Guénon llama los Pequeños Misterios, sin ir nunca más allá. Todos los Masones que pretenden que los Altos Grados del Rito Escocés corresponden a la realización de los Grandes Misterios, es decir a la adquisición de los estados supra-individuales del ser, toman sus deseos por la realidad, ya que Guénon ha dicho explícitamente: “De manera general, estos grados pueden considerarse como constituyendo muy exactamente extensiones o desarrollos del grado de Maestre (que corresponde al término de los Pequeños Misterios); no se puede rebatir el hecho de que, en principio, la gran dificultad que se encuentra en actualizar todo lo que éste contiene implícitamente, justifica la existencia de estos desarrollos ulteriores. Se trata pues de una ayuda aportada a los que quieren realizar lo que poseen sólo de manera virtual; al menos es ésta la intención fundamental de estos grados, cualesquiera que sean las reservas que se pueden expresar sobre la mayor o menor eficacia práctica de esta ayuda, de la que lo menos que pueda decirse es que, en la mayoría de los casos, se ve desgraciadamente disminuida por el aspecto fragmentario y demasiadas veces alterado, bajo el cual se presentan actualmente los rituales correspondientes; pero sólo debemos considerar el principio, que es independiente de estas observaciones contingentes. A decir verdad, si el grado de Maestre fuera por lo demás más explícito, y también si todos aquellos que son admitidos fueran realmente más cualificados, es en su interior mismo que estos desarrollos se harían, sin que hubiera por ello necesidad de recurrir a otros grados nominalmente distintos de éste”. En otras palabras, el grado de Maestre es ya de manera efectiva y en la práctica inalcanzable en el esoterismo cristiano. Aún más: desde la época de su creación, los Altos Grados, al contrario de abogar por la Masonería, acusan su degeneración, ya que son el efecto de la admisión de personas no cualificadas en el seno de la Masonería, lo que no ha podido sino alterar su regularidad a través de los años. Estas observaciones sobre la limitación y la degeneración no son sólo aplicables a la Masonería, pero también lo son – y a fortiori – a las diferentes organizaciones herméticas que desaparecieron por completo al principio del siglo XX. A algunas de ellas perteneció por ejemplo Louis Charbonneau-Lassay. Además, como ya se sabe, el Hermetismo es un Arte Real, y como tal limitado, como la Masonería, a la realización de los Pequeños Misterios. A esto se añade la dificultad de entrar en contacto con tales organizaciones, si es que aún existen. La segunda crítica consiste pues en mostrar el carácter parcial, fragmentario, e incompleto de todas las organizaciones iniciáticas occidentales, o más bien de lo que queda de ellas. No insistimos sobre estos puntos, porque no queremos convencer a los que se obstinan en creer que el esoterismo cristiano está aún realmente vivo. Nos dirigimos ante todo a los que ya conocen estos círculos, que están decepcionados por el estado de esta vía, y que tienen más o menos conciencia de lo que decimos. Nuestra intención es pues aportarles los elementos que pueden decidirles a buscar fuera del Cristianismo una verdadera iniciación, es decir en el Islam. Pero ciertas personas, muy apegadas al Cristianismo, podrían pensar que hoy en día no se les da a los Occidentales el practicar un esoterismo, y que uno puede limitarse a la práctica de un exoterismo. Entonces ¿por qué habría que cambiar de tradición, escoger el exoterismo islámico, pues ya existe un exoterismo cristiano, que además constituye las raíces de la identidad de los Occidentales? Pero este punto de vista, en nuestra opinión, cae en dos errores. Primero, pretende que hay toda una categoría de hombres que se ve privada de acceso al esoterismo. Pero esto es absurdo: ¿cómo una tradición podría sobrevivir sin vincularse al Principio de manera efectiva y directa? Además, puesto que el fin del hombre es la realización espiritual, se daría que los hombres de nuestra época, o al menos los Occidentales, ya no serían hombres, lo que también es absurdo. Lo que puede darse, por el contrario, es que ciertos hombres, en cierta medida, ya no sean aptos para la realización espiritual a causa de su constitución y posibilidades propias, pero ello no puede ser lo propio ni de una raza, ni de una etnia, ni de una comunidad en particular, ya se trate de Occidentales, u otros. La realización espiritual implica la existencia de medios revelados que la permitan, y éstos deben necesariamente encontrarse para que el hombre siga siendo hombre. Dios no puede limitar estos medios de manera arbitraria; ya que esto significaría que Dios quiere el mal y la ignorancia, lo que es imposible. Luego, se pretende que el exoterismo cristiano se sitúa al mismo nivel que el exoterismo islámico, lo que también nos parece erróneo. En efecto, desde un punto de vista exotérico, el Cristianismo conoce grandes dificultades, y su estado de profunda degeneración debería alarmar primero y ante todo a los Cristianos ellos mismos. Ante todo, hay que recordar que el Cristianismo es una tradición bastante particular. Ha sido revelado como un esoterismo puro, que fue exteriorizado luego bajo la forma de un exoterismo. “Devolved a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” dice Jesús, con él la paz, en Mt 22, 21. Esto funda la división estructural en el Cristianismo entre el exterior y el interior, haciendo del Cristianismo, en su origen, una tradición sin exoterismo. Esta carencia se ha colmado tras la elevación de Cristo[1] hacia Dios, por las apariciones del Espíritu Santo bajo la forma de Jesús[2], con él la paz, a los Apóstoles, de las que habla San Juan en estos versículos: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26) y luego: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). Y también en los Hechos de los Apóstoles (1,3), se dice que Jesús, después de haber sido elevado a los Cielos, “ No obstante, si se podía exteriorizar el aspecto interior de la religión cristiana en su origen, no se podía añadir al Cristianismo lo que no tenía, es decir un exoterismo propio. Por esta razón, el Cristianismo ha tenido que coger sus elementos exotéricos en tradiciones que le eran anterior. Por ejemplo, ha tenido que coger casi todo su derecho canónico en el derecho romano. Por la misma razón, el Cristianismo no tiene lo que el Hinduismo llama Shruti, es decir un modo de Revelación directo, en el que Dios se expresa directamente, de tal manera que la Revelación constituye la Palabra misma de Dios. El modo de Revelación propio al Cristianismo, el de los Evangelios, es el de la Smriti, que puede considerarse como Revelación indirecta, inspirada por el Espíritu Santo. Esto explica por un lado que el Cristianismo no tenga lengua sagrada, y que se hayan adoptado como lenguas litúrgicas, lenguas que no son ni la de Jesús, con él la paz, ni la de los Evangelios, y por otro lado que se haya recurrido a los Salmos, Libro revelado a David, con él la paz, para constituir la liturgia cristiana. No nos extenderemos sobre estos ejemplos – que podrían aún multiplicarse –, ya que este estatuto particular del Cristianismo no puede ni ignorarse ni ocultarse. Más profundamente, este estatuto está debido a la función particular de Jesús, con él la paz, que puede definirse como una función abrogatoria. En efecto, Jesús ha transgredido las prácticas exotéricas del Judaísmo – y hasta el esfuerzo y la prueba de fe que se esperaban por parte de los que le seguían en su época, era de pasar por encima de las prescripciones legales del Judaísmo siguiendo al Profeta que se les había enviado, como ocurrió por ejemplo con el ayuno (Mc 2, 18), el sabbat (Mc 3, 1), etc. Jesús, con él la paz, aligeró la religión judía, y abrogó ciertos de sus aspectos más exteriores y pesados, que tendían a hacer de ella un conjunto complejo de prescripciones y leyes donde el aspecto exotérico quedaba totalmente hipertrofiado en un ritualismo formal, vacío y estéril. Este aspecto primordial de la función de Jesús está expresado en el Cristianismo, entre otra cosas, por la relación que se establece entre Melkitsedek y el propio Jesús, con él la paz (ver el capítulo 7 de la Epístola de San Pablo a los Hebreos). Esta función propia de Jesús, con él la paz, explica el hecho de que el Cristianismo haya sido revelado como un esoterismo puro, y que no haya sido establecido como tradición total y completa hasta la elevación de Jesús, con él la paz. La consecuencia más marcada de este hecho es que, más que para cualquier otra tradición, el Cristianismo, cuando pierde su vínculo con su propio Espíritu, con su núcleo viviente, con su corazón, con su esoterismo, deja libres las tendencias más nefastas. Y la degeneración del Cristianismo actual muestra esto de mejor manera que mil argumentos. El Cristianismo ha pasado de ser un puro esoterismo en su origen a ser un puro exoterismo hoy en día, ya que por así decir ya no existen organizaciones iniciáticas cristianas realmente vivas. Entonces, el exoterismo cristiano sólo puede degenerar a gran velocidad. Hasta desde un punto de vista exotérico, no hay equivalencia entre el Cristianismo y el Islam. Estos dos exoterismos no se sitúan al mismo nivel. Hay muchas prácticas exotéricas que el Cristianismo actual ya no respeta, y cuyo respeto implicaría tal ruptura con la sociedad moderna, que resulta evidente que el Islam es mucho más compatible con la vida en una sociedad moderna que cualquier otra tradición, precisamente porque es la última revelación y contiene los elementos necesarios y específicos para luchar contra las tendencias de la modernidad y adaptarse a su modo de vida de manera exterior. El exoterismo hindú, por ejemplo, con su sistema de castas que ha degenerado completamente, aparece totalmente incompatible con la vida moderna; las dificultades que conoce en la adaptación a la modernidad, y las consecuencias ampliamente negativas que tiene a nivel social hoy en día, no obstante su carácter legítimo, demuestran la caducidad de las formas tradicionales otras que el Islam en nuestra época. Para darse cuenta de ello, uno puede por ejemplo interrogarse sobre cómo debe desarrollarse desde un punto de vista realmente cristiano y tradicional un día de un cristiano. Lo que desde un punto de vista tradicional corresponde a ello en el Cristianismo es la liturgia de las Horas, pero hoy ¿qué Cristiano la respeta? Y se puede decir lo mismo del año litúrgico cristiano: ¿Quién lo respeta? Y más aún: ¿Quién va a la Iglesia al menos dos veces al día? ¿Quién se confiesa? ¿Quién ayuna en cuaresma? Etc. El Cristianismo no sólo son siete sacramentos, la Misa del domingo, y algunos Ave María y Padre Nuestro al levantarse y al acostarse. El Profeta del Islam, que Dios le bendiga y le dé la paz, decía que toda tradición que se respeta debe tener al mínimo tres oraciones canónicas al día. ¿Cuántos Cristianos respetan el Cristianismo hoy en día? Y no es suficiente completar estas pocas e insuficientes prácticas con oraciones jaculatorias cuyo estatuto es relativamente ambiguo desde el punto de vista de la oración canónica, ya que como decía Jesús, con él la paz: “Y al orar, no multipliquéis palabras vanas, como los paganos, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo” (Mt 6, 7-8). Si se compara esta situación con el exoterismo islámico, se ve una diferencia radical. Las cinco oraciones cotidianas son exactamente las que hacía el Profeta, que Dios lo bendiga y le dé la paz, y que se han transmitido de manera inmutable durante catorce siglos a través de generaciones de musulmanes. Además, las oraciones jaculatorias, que en el Islam corresponden al du’â, o invocación, se componen siempre de versículos del Corán o de invocaciones del Profeta, que Dios lo bendiga y le dé la paz; así, el peligro de introducir elementos individuales, que corresponde al peligro propio de la oración jaculatoria, se ve grandemente limitado. Este aspecto inmutable de cohesión aglutinada que transciende el tiempo está íntimamente vinculado con la manera en que se expresa el dogma fundamental del Islam, a saber el Tawhîd, la Unidad de Dios (Lâ ilâha illâ Allâh), que se refleja en todas las formas que toma el Islam, ya sea en la sociedad, en la práctica espiritual, u otros terrenos. Además, si uno quiere respetar realmente al Cristianismo en su aspecto exotérico, le será casi imposible compaginarlo con la vida moderna, contrariamente al Islam, que se acomoda mucho mejor, aunque no lo parezca a primera vista, a nuestro tipo de vida. Por ejemplo para seguir realmente el exoterismo cristiano se necesita la presencia continua de un sacerdote al lado de sí, lo que es incompatible con la concepción moderna de la vida y del trabajo. Ello no significa que justifiquemos este tipo de vida – ¡Que Dios nos guarde de ello! –, pero significa que ciertos males de la vida moderna deben aceptarse de manera exterior con resignación si se quiere vivir en sociedad, y no como un ermita. El Islam acentúa al mismo tiempo el aspecto social, ya que obliga a crear una familia, a trabajar, a relacionarse, y el aspecto individual, el de la realización espiritual, ya que para todas las prácticas espirituales, ya sean exotéricas o esotéricas, uno puede practicar absolutamente solo, donde sea, sin depender de nada exterior. Esto facilita considerablemente las cosas en nuestra vida, dando al mismo tiempo un acceso total y completo a la Religión, lo que no es el caso de ninguna otra tradición practicada de manera regular y tradicional. Todo esto son expresiones de la excelencia del Islam en este fin de ciclo, y, más allá, de la Misericordia infinita de Dios. A parte pues del hecho de que casi nadie practica el exoterismo cristiano de manera completa, al menos en el mundo laico, es obligatorio reconocer la degeneración del mundo eclesiástico en el Cristianismo. Nos limitaremos a citar algunos ejemplos de ello: la orientación de las Iglesias, el abandono del latín como lengua litúrgica, la destrucción de la Doctrina Cristiana por comisiones teológicas modernistas empezando por el Concilio Vaticano II, el nuevo rito de ordenación de los cardenales después de Vaticano II, que no tiene absolutamente ninguna validez tradicional (¡y según el cual fue ordenado Cardenal el actual Papa Benedicto XVI!), etc. No insistiremos sobre estos puntos, ya que son cosas bastante conocidas por todos. Es pues evidente ahora que hasta desde un punto de vista simplemente exotérico, el Islam es superior al Cristianismo. Desde un punto esotérico esta superioridad es evidente, pues no existe ninguna organización iniciática cristiana que se asemeje, ni siquiera de lejos, a lo que se encuentra en el Islam con las cofradías sufíes. Si se quiere practicar un exoterismo, se debe necesariamente abandonar el Cristianismo, ya que los Cristianos – o mejor: los que se han pretendido tales, o han hecho ver que eran tales – han destruido el Cristianismo. El problema del Cristianismo no es, como se cree comúnmente, el del rechazo por parte de las autoridades exotéricas de toda forma de esoterismo, ya que esto es algo que se encuentra más o menos en toda tradición actualmente, pero la cuestión fundamental es: ¿Está el Cristianismo realmente completo en su dimensión exotérica? Creemos que hay que responder que no a esta pregunta. Uno podría pensar, leyendo lo que decimos, que no nos gusta el Cristianismo, pero tal no es nuestra postura. Puede uno convencerse de lo que venimos diciendo sobre el estado alarmante de degeneración del Cristianismo, leyendo estos extractos de visiones de la Venerable Ana-Catherine Emmerich, que muestran la muy organizada empresa de demolición de la Iglesia que no es cosa que fecha de ayer, ni es superficial, pero profunda y preocupante, y primero para los Cristianos ellos mismos: “Vi a la Iglesia de San Pedro y una gran cantidad de hombres que trabajaban en derribarla, pero también vi allí muchos otros que intentaban repararla. Cadenas de trabajo ocupadas por esta doble labor se extendían a través de todo el mundo, y quedé asombrada de la coordinación con la que todo ello se hacía. Los demoledores extraían grandes fragmentos (...). Tenían todo tipo de vestidos: había entre ellos hombres distinguidos, altos y gruesos, con uniformes y cruces, los cuales sin embargo no trabajaban directamente en la labor, sino que marcaban en los muros con la paleta los lugares donde había que demoler. Vi con horror que había también entre ellos sacerdotes católicos (...). Vi que toda la parte anterior de la Iglesia estaba destruida; no quedaba en pié más que el santuario con el Santísimo Sacramento (...). He visto la Iglesia de San Pedro: estaba demolida con excepción del coro y del altar mayor (...). Tuve de nuevo la visión de la secta secreta socavando por todas partes la Iglesia de San Pedro. Trabajaban con instrumentos de toda especie y corrían de un lado para otro, llevando consigo las piedras que habían arrancado (...). Cuando vi a los demoledores, quedé maravillada con su gran habilidad. Tenían todo tipo de máquinas: todo se hacía siguiendo un plan, sin que nada se produjese por sí mismo. No hacían ruido; ponían atención a todo; recurrían a artimañas de todo tipo, y las piedras parecían a menudo desaparecer de sus manos. Algunos de ellos reconstruían: destruían lo que era santo y grande y lo que edificaban no era más que vacío, hueco y superfluo. Llevaban las piedras del altar y hacían con ellas una escalinata en la entrada (...). Todo se quedaba en la tierra y volvía a la tierra; todo estaba muerto, todo era artificial y de mano de hombre: era exactamente una Iglesia de factura humana según la última moda (...)”. Además, los efectos de la empresa de los demoledores se ven multiplicados por la inacción y la indiferencia de los sacerdotes de la Iglesia. Tal y como lo hemos explicado, la acción anti-tradicional atañe hasta el mundo eclesial: “Vi las carencias y la decadencia del sacerdocio; así como sus causas (...). ¡Los servidores de la Iglesia son tan laxos! (...). ¡Si algún día las almas reclaman lo que el clero les debe al ocasionarles tantas pérdidas por su incuria y su indiferencia, será algo terrible! (...). Los sacerdotes deberán dar cuenta de todo el amor, de todas las consolaciones, de todas las exhortaciones, de todas las instrucciones referentes a los deberes religiosos, que no han dado; de todas las bendiciones que no distribuyen (...); de las caricias prodigadas a la mentalidad de la época (...). Vi las reliquias dejadas a la aventura y otras cosas semejantes (...). Para una infinidad de personas de buena voluntad, el acceso a la fuente de la gracia del Corazón de Jesús se encontrará obstruido y cerrado a causa de la supresión de los ejercicios de devoción, y del cierre y de la profanación de las Iglesias (...). Tuve una visión concerniente a las faltas de incontables pastores y la omisión de todos sus deberes hacia su rebaño (...). Los sacerdotes permitían que se hiciera cualquier cosa y decían la misa con gran irreverencia. Vi a pocos sacerdotes aún piadosos y juzgando sanamente las cosas (...) Vi aumentar la tibieza del clérigo local, y vi propagarse la gran oscuridad (...). En un cuadro inmenso e inefablemente triste que es imposible describir, se me mostró que no había casi ya cristianos en el sentido antiguo de la palabra. Esta visión me llenó de tristeza”. La acción anti-tradicional en nuestro ciclo actual ha aparecido primero y sobre todo en los pueblos de Europa, contra los que el Cristianismo ha servido de dique para refrenar, contener y controlar las tendencias anti-tradicionales que ya empezaban a manifestarse y a desarrollarse de manera preocupante a partir del final de la Antigüedad greco-latina. El Cristianismo aparece como un medio de salvación de último recurso para estos pueblos, y su forma excepcional, carente en cierto sentido de exoterismo, testimonia de ello. Su carácter abrogatorio se manifiesta claramente en la separación de lo interior y de lo exterior, de tal manera que la ideología protestante y el laicismo modernista, que son expresiones de la misma tendencia, no podían sino aparecer en el mundo cristiano. En otras palabras, lo que hizo la fuerza extraordinaria del Cristianismo, y que permitió la salvación in extremis del mundo occidental, se convirtió, cuando las tendencias anti-tradicionales se impusieron a partir del siglo XIV, en debilidad y causa de perdición. El Cristianismo, por su forma particular, sólo puede subsistir realmente en el seno de una sociedad enteramente tradicional, donde el esoterismo vivifica la Religión y la vida social. De ahí la importancia en el Cristianismo de la confesión y del culto a los Santos. Cuando las fuerzas del Príncipe de este mundo destruyeron la Orden del Temple y la Caballería, y luego las diferentes organizaciones rosicrucianas, y luego la Franco-Masonería operativa, y luego la Compañía de Jesús tal como la organizó San Ignacio de Loyola, y luego la devoción al Sagrado Corazón, entonces, a partir del siglo XIX, el Cristianismo conoció su esclerosis actual y su desviación modernista. El Cristianismo ha degenerado en una medida tal que ya no queda en él casi nada completo, ni en su exoterismo ni en su esoterismo. Lo único que permanecerá hasta el final es la Eucaristía, el núcleo absoluto del Cristianismo. Cuando los reformadores toquen la Eucaristía será el final irremediable del Cristianismo, si es que Dios lo permite:
Cuando se les dice: “¡No corrompáis en la tierra!”, dicen: “¡Al contrario! ¡Si somos reformadores!”. Ciertamente son ellos los verdaderos corruptores, pero no se dan cuenta (Cor 2, 11-12).
Hay que señalar como profundamente relevante el hecho de que es precisamente hacia el final del siglo XIX que surge la figura de René Guénon, cuando la devoción al Sagrado Corazón se ve edulcorada y transformada en un sentimentalismo patético y de mal gusto que lo priva de toda dimensión metafísica efectiva. Además, cabe subrayar el hecho de que las veces en que René Guénon habla del esoterismo cristiano, casi siempre se refiere al Sagrado Corazón. Luego volveremos sobre este punto. Pero, ¿significa todo esto que el Cristianismo ya no ofrece los medios necesarios para la salvación? No decimos esto. Y decirlo sería completamente falso. Una tradición lleva a la salvación todo el tiempo que está viva; y el Cristianismo, sin ninguna duda, está vivo, y lo estará aún durante años. Pero lo que queremos decir es lo siguiente: puesto que el Cristianismo está en un estado de degeneración extrema y que ya no se practica de manera completa, ya sea en su exoterismo o en su esoterismo, todos los Cristianos tienen interés en escoger y en practicar el Islam, ya que la misma dedicación traerá resultados notable y cualitativamente diferentes. Pero, lo repetimos otra vez, esto no significa de ninguna manera que el Cristianismo es inoperativo desde un punto de vista exotérico; simplemente es comparativamente menos operativo que el Islam, y ello, sobre todo porque que ya no tiene ningún esoterismo, es decir un vínculo directo y consciente con el Principio a un nivel general. El problema no es pues que el esoterismo cristiano es algo residual, pero más bien que es totalmente inaccesible de manera regular y total – preferimos no decir inexistente, ya que sólo Dios sabe. En conclusión, podemos decir que el Cristianismo, ya sea en su aspecto esotérico o en su aspecto exotérico, no se presenta ya de manera completa, contrariamente al Islam, tradición en la que todas las prácticas exotéricas y esotéricas se han conservado de manera inalterable y completa. Pero aquí el problema nos parece sobre todo de orden iniciático. A esto se le añade el estatuto excepcional del Islam del que hablábamos al principio. En efecto, este estatuto implica que el Islam será la única práctica tradicional del mundo al final de los tiempos. No habrá creyentes sino los musulmanes, porque todos los creyentes, cualquiera que sea su tradición, habrán comprendido la necesidad de pertenecer a la comunidad islámica. Depende pues únicamente de los creyentes el convertirse al Islam:
Y seguid la mejor revelación que ha sido descendida de parte de vuestro Señor (Cor 39, 55).
Además, este estatuto impide de alguna manera que el Islam degenere, ya que es la última revelación de Dios a los hombres. Si degenerara, necesitaría otra revelación, y entonces no sería la última. En consecuencia, si es la última, debe necesariamente contener todos los elementos que le impiden degenerar hasta el final de los tiempos. Este estatuto terminal de la revelación islámica está reconocido en su letra misma:
Muhammad no es el padre de ninguno de los vuestros, pero es el Enviado de Dios y el Sello de los Profetas (Cor 33, 40).
Pero esto es también visible por la experiencia, ya que ninguna otra revelación se ha producido después de la venida del último Mensajero, el Profeta Muhammad, que Dios lo bendiga y le dé la paz. Por esta razón, el esoterismo islámico es el único que abre actualmente para la gente de nuestro mundo las puertas a una realización espiritual completa y ortodoxa. La deformación fundamentalista del Islam, que, sea dicho de paso, está lejos de ser tan importante en el mundo musulmán como creen los Occidentales, no es sino un signo de los tiempos; ya que Dios impide que el Islam degenere. Si se empiezan a manifestar los primeros signos de degeneración es que el final de los tiempos está realmente muy cerca. Dios enviará lo que Ana-Catherine Emmerich llama el Gran Monarca, y del que hablan todas las tradiciones, y que no hay que confundir con el Mesías o el décimo avâtara de Vishnu. El Gran Monarca, que en la tradición islámica corresponde al Mahdî, restablecerá el orden tradicional por la Espada, y eso bajo la ley universal del Islam. Según los dichos del Profeta, que Dios le bendiga y le dé la paz, y lo que dicen varios santos, como Ibn Arabi, el Mahdî aplicará las consecuencias del estatuto excepcional y abrogatorio del Islam que habrá permanecido en un estado más o menos virtual hasta él. Impondrá entonces la Ley islámica como la única Ley o práctica tradicional. Y es sólo al final de su reinado que vendrá el Mesías por segunda vez, Jesús hijo de María, que la paz esté con él. Jesús se someterá a la Ley islámica, bajo la cual vivirá y practicará la religión, ya que no volverá como Profeta enviado como en su Primera Venida, pero como Sello de la Santidad Universal. La misión universal de Jesús no será reconocida por todos los creyentes, si no es bajo la ley islámica bajo la cual volverá, como lo muestra este versículo coránico que se refiere a la Segunda Venida de Cristo, con él la paz:
No habrá entre la Gente del Libro nadie que no crea en él antes de su muerte (Cor 4, 159).
En este sentido, cuando Jesús, con él la paz, dice en los Evangelios que después de su elevación hacia Dios, llamará a los hombres y se reunirán bajo su autoridad, esto significa que se reunirán bajo la Ley muhammadiana que obliga a todo musulmán a creer en la misión de Jesús Cristo, que la paz esté con él: “También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10, 16). Y continúa : “Y cuando yo haya sido elevado de tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). La comunidad única de la que habla Jesús no es otra que la comunidad única de la que habla el Corán, y que es la comunidad muhammadiana, que mantendrá una relación de analogía con la comunidad única adámica del principio de nuestro ciclo:
Ciertamente esta comunidad vuestra es una comunidad única (Cor 21, 92; Cor 23, 52)[3].
Pero volveremos más tarde sobre este punto. El Profeta del Islam, que Dios le bendiga y le dé la paz, decía a propósito de su comunidad al final de los tiempos, en la que Jesús tendrá que volver: “Por El que me ha enviado con la Verdad, es en mi comunidad que el Hijo de Maryam encontrará a los sucesores de los Apóstoles”. Los verdaderos cristianos son pues desde hoy los musulmanes. Pero ya volveremos luego sobre esta misión universal de Cristo, con él la paz, que participa de la misión universal intrínseca de Muhammad, que Dios le bendiga y le dé la paz, en el sentido en que es sólo en el seno de la Ley muhammadiana que será reconocida de manera efectiva la universalidad del mensaje crístico por la comunidad de todos los creyentes. Y he aquí lo dice Ibn Arabi, por inspiración directa, sobre el final de los tiempos y sobre el Mahdî, con él la paz: “Restablecerá la Religión pura. Insuflará el Espíritu en el Islam. Gracias a él, el Islam será de nuevo elevado después de haber sido envilecido; vivificado de nuevo, después de un período de muerte. Abandonará el tributo impuesto a los no-musulmanes y llamará a todos los hombres a Allâh por la Espada. Todo aquél que se le resista será matado; quien se oponga a él será reducido. Hará aparecer la religión tal y como es realmente, de manera que si el Enviado de Allâh estuviera vivo, ejercería la autoridad en plena conformidad con ella. Pondrá fin a todas las escuelas jurídicas sobre la tierra, de manera que sólo subsistirá la Religión Pura, de la que los peores enemigos serán los sabios conformistas, las gentes del esfuerzo jurisprudencial, cuando vean que la autoridad será ejercida de una manera opuesta a la opinión de sus imames. No obstante, ellos también se verán obligados a someterse, pero lo harán contra su voluntad, por miedo a su espada y a su poder imperioso; y también por deseo de lo que habrá junto a él. Mucho más que estas falsas elites, el común de los musulmanes se alegrará de su venida, y los Sabios por Allâh le jurarán fidelidad. Entre las Gentes de la Verdad Esencial, de la contemplación y de la intuición, algunos Iniciados habiendo accedido al Grado Divino responderán a su llamada y le prestarán asistencia: son los Visires que se ocuparán de su Reino y le ayudarán a cumplir la función con la que Allâh le ha investido: es hacia él que vendrá entonces Jesús hijo de María que descenderá sobre el minarete blanco al Oriente de Damasco...”. Lo más sorprendente es que este estatuto excepcional del Islam no sólo está reconocido por él mismo, sino que los enseñamientos escatológicos de la tradición hindú concuerdan de manera digna de ser notada con estas vistas. La sumisión de Jesús a la Ley muhammadiana del Mahdî ha sido visionada en la realidad principial por los Sabios hindúes y expresada bajo la forma de una oposición o combate entre estos dos personajes; y, pese al hecho de que el grado espiritual de Jesús es inmensamente más grande que el del Mahdî, éste último acaba ganando el combate. En efecto, en el Kalki-Purâna, Kalki, el décimo avâtara de Vishnu, asimilado al Jesús de la Segunda Venida, no combate contra un enemigo de la tradición, pero con un verdadero Sabio, conocedor realizado, llamado Shashidvaja, rey de Bhallâta, el cual ha reconocido no obstante su cualidad de Avâtara de Vishnu. Lo que sorprende es que Shashidvaja representa a un Kshatriya (poder real y militar), lo que lo asocia al Mahdî, ya que como dice Ibn Arabi, el Mahdî y la Espada son hermanos. Además su nombre “Shashidvaja” significa “El que lleva la luna en su estandarte”. Es bien conocido que la luna corresponde al Islam, no sólo en el simbolismo común, pero también en la jerarquía de las tradiciones según los Cielos planetarios dada por René Guénon. Desde este punto de vista, lo que hay que subrayar es que, pese a la superioridad del Avâtara de Vishnu en su grado de realización espiritual y en su función tradicional, y pese a la veneración que Shashidvaja le muestra, al final del combate, Kalki pierde, y debe seguir al Rey de Bhallâta, lo que no significa otra cosa que el Jesús de la Segunda Venida, con él la paz, seguirá la Ley del Mahdî, que es la Ley universal de Muhammad, que Dios le bendiga y le dé la paz. Y como decía el Profeta del Islam: “Si Moisés, con él la paz, estuviera vivo, no podría hacer nada más que seguirme”. Cuando Jesús vuelva, será musulmán. En la tradición islámica, la sumisión de Jesús a la Ley muhammadiana está escenificada por el episodio siguiente: cuando Jesús, con él la paz, descienda en Damasco, los musulmanes se estarán preparando para rezar bajo la dirección del Mahdî. Cuando este último vea a Jesús, querrá apartarse para dejarle dirigir el rezo bajo la función de Imam. Pero Jesús, que la paz esté con él, le pondrá la mano sobre el hombro, se lo impedirá y le obligará a dirigir el rezo. De esta manera, Jesús reconocerá la supremacía de la Ley muhammadiana y se someterá a ella, ya que, como lo hemos dicho, no volverá como Enviado, sino como Sello de la Santidad Universal. Esta ilustración de la relación entre Jesús y el Mahdî se aparenta a lo que ocurrió en la Primera Venida de Jesús, cuando éste tuvo que ser bautizado por Juan Batista con un bautizo de agua, pese al hecho de que él mismo bautizaba por el Espíritu. Aquí Juan Batista se identifica al Mahdî, en su cualidad de precursor del Mesías, puesto que, recordémoslo, es al final del reinado del Mahdî que Jesús debe volver. Y Jesús, con él la paz, se somete a su bautizo: “Entonces, vino Jesús de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, y ¡tú vienes a mí! Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Entonces ya no le resistió” (Mt 3, 13-15). Este texto tiene un sentido profético, como todo lo que ocurrió a Jesús en su Primera Venida, y que será de alguna manera y por así decirlo repetido en modo luminoso, glorioso y vencedor en su Segunda Venida. Lo que debe observarse es que desde el punto de vista de la tradición hindú, la relación entre Kalki y Shashidvaja es percibida como un conflicto en el que Jesús o Kalki es finalmente obligado a seguir al Mahdî o al Kshatriya Shashidvaja que representa a la Ley muhammadiana, contrariamente a lo que ocurre con las tradiciones abrahámicas que insisten sobre la renuncia voluntaria de Jesús, con él la paz, delante de la autoridad y función propias del Mahdî o de Juan Batista. Se expresa pues aquí el perfecto complementarismo de las formas tradicionales hindú y abrahámicas, que simbolizan respectivamente el Norte y el Sur, la Tradición Adámica y la Sello de las Tradiciones, o desde un punto de vista metafísico el Polo Activo de la Existencia y el Polo Pasivo. Y esto concuerda perfectamente con la manera en que se concibe el reconocimiento por Jesús, con él esté la paz, de la autoridad y función propias del Mahdî, ya sea en modo activo (combate) o pasivo (renuncia). Se ve claramente también que se trata aquí de funciones tradicionales que se han manifestado en momentos cíclicos diferentes de la Historia, y que se pueden nombrar indistintamente Jesús o Kalki, Mahdî o Shashidvaja o Juan Batista. En conclusión, se ve que el Islam, en la medida en que es la última revelación, y que sintetiza todas las tradiciones anteriores, goza de ciertos privilegios que no se encuentran en ninguna otra tradición, y uno de ellos es el de constituir la única comunidad tradicional del final de los tiempos. Su estatuto le impide que degenere, de tal modo que se practica aún de una manera completa y ortodoxa, ya sea en su aspecto esotérico o exotérico, lo que es un efecto de la Misericordia Divina en estos tiempos oscuros de ocultación de la Tradición:
Sois la mejor comunidad que jamás se haya suscitado (Cor 3, 110).
Muchas veces, los Cristianos tienen tendencia a creer que las prerrogativas del Islam son en realidad las propias del Cristianismo, pero hemos visto que tal idea no tiene ningún fundamento, ni escriturario ni tradicional. En efecto, lo menos que se puede decir es, que los Libros Sagrados dejan pensar lo contrario. Además la experiencia, si falta hiciera, prueba de manera aplastante lo contrario. En efecto, los Cristianos pocas veces son conscientes de que la misión terrestre de Cristo estaba limitada al pueblo judío: “En esto, una mujer cananea, que venía de aquellos lugares, gritaba diciendo: "¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está malamente atormentada por el Demonio." Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose a él, le rogaban: "Que se vaya: viene gritando detrás de nosotros." Respondió él: "No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel." Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!" El respondió: "No está bien tomar el pan de los niños y echárselo a los perritos." "Sí, Señor – repuso ella –, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos." Entonces Jesús le respondió: "O Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas." Y en aquel momento quedó curada su hija” (Mt 15, 22-28). Este episodio poco conocido de la vida de Jesús muestra que la universalidad de su misión no reside en su función de Enviado como tal, pero en su transposición en el seno del Espíritu universal del Islam y de la Sabiduría muhammadiana, que totaliza todas las Sabidurías, y por tanto todas las tradiciones. Esto explica que hoy en día el Cristianismo se haya extendido por todo el mundo, y no esté limitado a una zona geográfica o a una etnia o raza en particular. En efecto, las tradiciones anteriores al Islam se han limitado a un pueblo determinado. Cuando ciertos elementos traspasan estos límites asignados, se vuelven residuales, y se ven privados de unidad y de un contexto que permita su ejercicio regular; tienen entonces efectos disolventes demasiado conocidos, como ha pasado, y pasa aún, con el Hinduismo y el Budismo. Es importante recordar, a fin de corroborar lo que venimos diciendo sobre la universalidad parcial y relativa del Cristianismo, que éste sólo se ha desarrollado fuera de su área geográfica de ejercicio normal que eran Europa y el Mediterráneo, a partir del final de la Edad Media, precisamente después del siglo XIV, que marca la ruptura de la tradición cristiana con su propio esoterismo, difundiéndose entonces, esencialmente, a través del mundo en su dimensión exotérica. Contrariamente a esto, tenemos este versículo coránico donde Dios se dirige al Profeta, que Dios lo bendiga y le dé la paz:
Di: ¡O Hombres! Soy ciertamente el Enviado de Allâh hacia todos vosotros (Cor 7, 158).
Del mismo modo, el Profeta, que Dios le bendiga y le dé la paz, ha dicho: “Se me han dado cinco cosas que nunca se han dado a ningún Profeta antes de mí: el sustento victorioso me ha sido asegurado por el espanto lanzado en el corazón de mis enemigos, desde una distancia recorrida en un mes; se me ha dado la tierra como lugar de prosternación y materia pura y purificante, así que, allí donde sobrevenga la hora del rezo para todo hombre de mi comunidad, podrá rezar; el botín de guerra se me ha hecho lícito; el Profeta era antaño enviado a su pueblo en particular, pero yo he sido enviado a toda la humanidad; y la intercesión me ha sido acordada”. Aquí se expresa igualmente la vocación universal del Islam, tanto en el hecho de que la tierra es pura para todo musulmán, de tal manera que la Tierra se ha vuelto ella misma una gran Mezquita, y en el hecho de que Muhammad, que Dios le bendiga y le dé la paz, ha sido enviado a toda la humanidad sin excepción alguna. La misión terrestre de Cristo como Enviado estaba pues limitada al pueblo judío. Esto no significa que no haya una misión universal de Cristo, pero ésta no entra en su función de Enviado, ya que su misión universal está íntimamente subordinada a la misión de otro Enviado y a su Ley, la del Sello de los Profetas, que Dios lo bendiga y le dé la paz; por esta razón, la misión universal de Jesús, con él la paz, no podía manifestarse durante la vida misma de Cristo, considerado entonces como Enviado, pero debió necesariamente efectuarse después de su elevación, como lo hemos recordado citando algunos versículos del Evangelio según San Juan relativos al Paráclito; esto ha permitido la transposición del mensaje crístico originariamente dirigido a los Judíos en un mensaje universal, dirigido igualmente a los Judíos y a los Gentiles, como lo muestran los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles (ver por ejemplo el capítulo 10). Así el Paráclito puede hacer referencia indistintamente, por un lado, a las apariciones del Espíritu Santo que transponen, completan y llevan a su perfección el mensaje crístico por medio de una exteriorización de la tradición cristiana que le da un alcance universal, y por otro lado, a la Revelación muhammadiana, que sella el ciclo de las revelaciones, y que ha sido efectuada por el intermediario del Ángel Gabriel, que es precisamente una apelación en Islam del Espíritu Santo:
Di: El Espíritu Santo lo ha revelado, de parte de tu Señor, con la Verdad, para confirmar a los que creen, y como Dirección y buena nueva para los que se someten a Allâh (Cor 16, 102).
Es a lo mejor a este anuncio del Paráclito por Jesús, con él la paz, que se refiere el Corán en este versículo:
Y cuando Jesús, hijo de María, dijo: “¡Hijos de Israel! Soy el que Allâh os ha enviado, en confirmación de la Tora anterior a mí, y como anuncio de un Enviado que vendrá después de mí, cuyo nombre será “Ahmad”. Pero cuando éste vino a ellos con las pruebas claras, dijeron: “¡Esto es magia evidente!” (Cor 61, 6).
Las controversias exoteristas entre Cristianos y Musulmanes sobre la interpretación de estos versículos aparecen pues totalmente estériles cuando se considera la cuestión a partir del punto de vista del esoterismo y de la unidad trascendente de todas las tradiciones. Que se lea en el Evangelio de San Juan “Parakletos” (como lo hacen los Cristianos, y como lo indica el texto griego él mismo, lo que significa “El Consolador”) o “Periklytos” (que significa el Glorioso, es decir precisamente “Ahmad”), no tiene mucha relevancia, ya que puede tratarse de una ishâra, es decir una indicación sutil, que debe interpretarse en modo esotérico. Lo que cabe subrayar es por un lado la proximidad fonética de los dos términos, que cuando se tiene en cuenta lo que Guénon llamaba el simbolismo fonético es muy digno de ser notado, y por otro lado, el hecho de que el término de “Parakletos” no existe en Arameo, que es la lengua que hablaba Jesús, con él la paz, lo que permite aquí dar una interpretación simbólica. Además, desde un punto de vista tradicional, las Escrituras Sagradas pueden interpretarse en varios sentidos, que tienen entre ellos una relación jerárquica, de modo que una misma mención puede referirse a varios sentidos o eventos, según el plano de realidad según el cual lo consideramos. Además, lo que es realmente sorprendente es que sea precisamente el nombre del Profeta “Ahmad” el que cita el Corán y el que se puede deducir del Evangelio de San Juan, ya que este nombre se refiere en la tradición islámica a la naturaleza celeste del Profeta, que remite a la manifestación informal o al mundo de los Ángeles, que es precisamente el del Espíritu Santo. Por lo demás las precisiones que aporta Jesús, con él la paz, en el Evangelio según San Juan sobre la función del Paráclito, concuerdan perfectamente con la función del Sello de los Profetas, que Dios lo bendiga y le dé la paz: “El Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora en vosotros, y estará con vosotros” (Jn 14, 17). Este Espíritu de la Verdad se identifica con la naturaleza esencial del Profeta Muhammad, que Dios lo bendiga y le dé la paz, puesto que el valor numérico de su nombre es 132, el mismo que el de la palabra “Qalb”, que en árabe significa “corazón”, lo que concuerda con lo que dice Jesús, con él la paz: “porque mora en vosotros”, de tal manera que Muhammad, que Dios le bendiga y le dé la paz, considerado como representante más perfecto del Hombre Universal, se identifica con el corazón de todo ser, lo que no es otra cosa que lo que el Hinduismo llama Âtman. Puede ser útil recordar aquí que la reducción a la unidad por suma de los elementos del nombre Muhammad da: 1+3+2 = 6, que es el número del Hombre Universal considerado como mediador entre el Cielo y la Tierra. La relación entre el Espíritu Santo y el corazón está puesta de manifiesto en este versículo coránico, extremadamente denso:
Esto es el Señor de los mundos que lo revela, y el Espíritu Fiel (Espíritu Santo) lo ha bajado en tu corazón para que seas un Amonestador (Cor 26, 192-194).
Por otra parte, la frase de Jesús, con él la paz: “para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16) hace referencia al carácter terminal y conclusivo de la Revelación muhammadiana, y al hecho de que su Ley no será abrogada por ninguna otra, puesto que es la última, hasta el Día del Juicio. De ahí esta relativa perennidad que menciona Jesús, con él la paz. Por último, hay que recordar que la palabra griega “Parakletos” puede tener el sentido de “intercesor”, lo que remite al hadîth que hemos citado, en el que el Profeta, que Dios le bendiga y le dé la paz, dice que la intercesión le ha sido acordada. Se expresa pues aquí la perfecta conformidad entre la tradición cristiana y la tradición islámica por un lado, y entre lo que afirman estas tradiciones y lo que venimos diciendo sobre la misión universal de Cristo, con él la paz, por otro lado. No hay pues ninguna contradicción entre las dos interpretaciones, sino perfecta concordancia, ya que la misión universal de Cristo se funde en la misión universal del Sello de los Profetas de la que forma parte integrante. Es precisamente por esta razón que algunos, confundiendo la parte y el todo, atribuyen al Cristianismo los privilegios de la última revelación que es el Islam. Todos los creyentes creerán en Jesús Cristo, con él la paz, cuando la comunidad de los creyentes sea puramente musulmana, reflejando así al final del ciclo la unidad de la comunidad primordial, efectuando así la conexión de los extremos. De ahí la palabra del Profeta, que Dios le bendiga y le dé la paz: “El Islam es la religión de la naturaleza primordial”. Lo que cabe notar es que el Islam es una de las únicas tradiciones cuya forma se identifica con la forma de toda tradición, expresando así su perfecta adecuación y conformidad con la Tradición Primordial en nuestra época. Efectivamente, el credo islámico está constituido por seis puntos fundamentales, que se llaman los seis pilares de la fe. Todo musulmán debe creer en Dios, en Sus Ángeles, en Sus Libros, en Sus Enviados, en el Día del Juicio y en la Predestinación. Pero si uno se fija en este credo, se percata de que sirve en realidad para toda tradición. De la misma manera, el nombre de “Islam”, que significa la sumisión a la Voluntad Divina, designa en realidad toda tradición indistintamente. Es como si el Islam fuera una tradición vaciada de toda particularización, y donde sólo subsisten los aspectos esenciales y comunes a toda tradición, de tal manera que puede considerarse como la expresión más adecuada de la Tradición Primordial o ad-Dîn ul-Qayyîm en nuestra época. A parte de estas consideraciones, se puede añadir una infinidad de ejemplos simbólicos que muestran que el Islam es el correspondiente simétrico de la Tradición adámica en el final de ciclo. Entre ellos se pueden recordar: el creciente de la luna (no olvidemos que el Cielo de la Luna está regido por el Profeta Adán, con él la paz); la importancia de la leche, cuyo color es blanco y expresa la pureza primordial e indiferenciada, en el Mi’raÿ o ascensión nocturna del Profeta, que Dios le bendiga y le dé la paz; el hecho de que en el Islam no se permite ninguna figuración o exteriorización de lo Divino, que permanece en el corazón del creyente, ya que como dice Dios en un hadîth qudsî: “Mi Tierra y Mi Cielo no Me pueden contener, pero el Corazón de Mi servidor creyente Me contiene”, asemejándose así al modo de Presencia inmediata de Dios en el Jardín de Edén; la importancia de la salat ul-ibrâhîmiyya, que establece una correspondencia entre Muhammad, que Dios le bendiga y le dé la paz, y Abraham, con él la paz, que además está explícitamente reivindicada en el Corán, en el sentido en que la comunidad islámica se dice seguir la Religión de Abraham (Cor 2, 135; 3, 68; y 16, 123), porque Abraham es precisamente un intermediario para remitir a Adán, con él la paz, ya que en Génesis (17, 5) se explica su nombre como significando “padre de una multitud”, lo que evidentemente es un atributo adámico; etc. En realidad, lo que queremos decir es que Dios ha revelado una multitud de tradiciones, pero que ciertas son más aptas que otras para llevar a la realización espiritual y reflejar la Tradición Primordial en un momento dado de la Historia. Hoy Dios quiere reunir a los hombres bajo un único estandarte para que formen una comunidad única. Y el Islam es la religión de esta comunidad. Los que entienden esto se convierten al Islam, sometiéndose así a la Voluntad Divina. Es el Dios de Abraham, de Moisés y de Jesús que hoy quiere reunir a los hombres bajo el Islam. También es el Dios de Krishna, de Zoroastro y de Bouddha que lo quiere. Ya que Dios es Único, aunque las tradiciones sean múltiples. Si los Enviados a los que siguen los creyentes de las tradiciones otras que el Islam volvieran, se someterían al Islam, trayendo con ellos a aquellos mismos que los siguen hoy en día. Pero el único de ellos que debe volver es Jesús, con él la paz, y cuando lo haga, será musulmán, como lo afirman las tradiciones. Seguir a Jesús, con él la paz, implica por consiguiente convertirse al Islam, y eso más que para cualquier otro Profeta, ya que, como dijo el Profeta del Islam, que Dios le bendiga y le dé la paz: “Les Profetas son hermanos por su origen, nacidos de madres distintas, pero su Religión es la misma. Con más derecho que cualquier otro, yo reivindico mi vínculo con Jesús, hijo de María, ya que entre nosotros dos no hay ningún otro Profeta”. Guénon citaba al principio de Le Symbolisme de la Croix la frase del Sheij Illaysh al-Kabîr según la cual si los Masones comprendieran realmente su doctrina se harían musulmanes; y se podría aplicar esta idea al Cristianismo en general. Si evocamos aquí a Guénon no es un azar, ya que hay una relación directa entre su función en el seno del mundo occidental y de la economía tradicional por un lado, y su pertenencia al Islam por otro lado. En realidad, su ciencia no era posible fuera del Islam, y su fuente era puramente muhammadiana, en el sentido en que el secreto de la unidad trascendente de las tradiciones es propia a la sabiduría muhammadiana, como lo hemos visto al principio. No sorprende pues que la mayoría de los representantes de lo que se llama la Escuela Perennialista hayan pertenecido o pertenezcan al Islam: Guénon, Schuon, Vâlsan, Gilis. Y en sus cartas, Guénon, siempre que podía y de manera casi insensible, aconsejaba escoger la tradición islámica, y practicarla en su aspecto exotérico y esotérico, puesto que las otras o bien en la época eran inaccesibles para los Occidentales, o bien estaban en un estado de degeneración tal que no se podían seguir seriamente. Hoy parece que sea la segunda razón la que impere en lo que se refiere a las tradiciones orientales. Ya no queda nada serio y completo en ellas. Por esta razón cada vez más Orientales escogen las tradiciones abrahámicas, y sobre todo el Islam, como tradición. Sólo los modernos, que con su ignorancia e incomprensión habituales lo hacen todo al revés, se vuelven hacia la espiritualidad oriental, cada vez más abandonada por aquellos mismos que nacieron en ella y que son conscientes de su estado. La función de René Guénon está ligada a la tradición islámica de manera indisoluble, y puede definirse como la tentativa misericordiosa de introducir el Islam en Occidente y de atraer a “los que tienen oídos para oír” (Mt 13, 9) al Islam, ya que por así decirlo el Cristianismo ya no contiene casi Cristianos en un sentido pleno y total; los verdaderos Cristianos han comprendido la necesidad de seguir a Cristo bajo la Ley muhammadiana, lo que lejos de ser una traición, es al contrario una prueba y un signo de sumisión, como ya lo hemos dicho. Efectivamente, el Cristianismo ha agotado sus posibilidades de llevar verdaderamente a una realización espiritual. Como Guénon dice muchas veces, él solo se dirige a los que tienen las capacidades para entender, y los que no entienden, peor para ellos. Hasta la Historia del Cristianismo nos aprende que los que quieren seguir a Jesús, con él la paz, deben orientarse hacia el Islam. Y Guénon él mismo, como haciendo referencia a su propia función, nos aprendía que ya en los siglos XVI y XVII es lo que ocurría con las últimas organizaciones iniciáticas cristianas, que según la leyenda, emigraron hacia Oriente, es decir hacia el Islam, que considerado en su vocación universal, no obstante, no es ni de Oriente ni de Occidente: “Lâ sharqiyyatan wa lâ gharbiyyatan” (Cor 24, 35). Así pues, el Islam se impone para toda la humanidad. Los que lucharán contra él y se opondrán a él no harán nada más que ampliar su difusión y aumentar su potencia sin darse cuenta de ello, a parte del hecho de que caerán en la infamia y la deshonra en este mundo y en el otro, ya que nadie puede oponerse a Dios:
Urdieron una intriga y Nosotros urdíamos otra sin que se dieran cuenta (Cor 27, 50).
No podemos añadir otra cosa, sino que Dios llama a toda la humanidad al Islam. Y es para todos los hombres sin distinción alguna que Dios ha revelado el Islam. Todos los Profetas enviados por Dios antes de Muhammad llaman a sus comunidades a pasarse a la comunidad de Muhammad, que Dios le bendiga y le dé la paz. Aconsejamos pues a todo el mundo de convertirse al Islam y de practicarlo, puesto que, además, las otras formas tradicionales están cada vez más degeneradas, como ya lo hemos visto. Los que consideran que hay ciertos obstáculos en convertirse al Islam en el hecho de que las raíces culturales de los Occidentales se encuentran en el Cristianismo, no se dan cuenta de la verdadera naturaleza de la espiritualidad, que está por encima de las condiciones psicológicas del ser. Si Dios a enviado a un Mensajero a toda la humanidad, es que su Mensaje es verdaderamente universal, y no hay que buscar excusas en cosas que no tienen nada que ver con lo que tratamos aquí. Los Occidentales no fueron siempre Cristianos. Bien hubo un momento en que el Cristianismo apareció en la historia de los Occidentales, y lo hizo como una Gracia divina más acorde para las condiciones de la época que las tradiciones múltiples, profundamente degeneradas, que se encontraban entonces en Occidente. No rechacen pues la misma Misericordia de Dios que hoy les trae una Gracia inigualable. Además ya estarán preparados para cuando llegue el Gran Monarca, el Mahdî, la paz sobre él, cuya venida no puede tardar mucho, visto el estado actual del mundo. Pero ¡Allâh es más sabio!
[1] Jn, 20, 17: “Hechos de los Apóstoles, 1, 9 : “(L [2] Esto explica que los discípulos no hayan reconocido a Jesús cuando éste se presentó a ellos después de haber sido elevado a los Cielos, tal y como lo vemos en Jn 20, 14: “VLc 24, 16: “ [3] Hay que recordar que los términos de “comunidad única” (umma wâhida) que se aplican aquí a la comunidad islámica, son también los que sirven para designar a la comunidad adámica primordial: Los hombres (en el origen) constituían una comunidad única (umma wâhida). Luego (cuando empezaron a divergir), Allâh suscitó Profetas como anunciadores y amonestadores; y reveló por su medio la Escritura con la Verdad para que decida entre los hombres sobre aquello en que discrepaban. Sólo aquellos a quienes se les había dado discreparon sobre ella, a pesar de las pruebas claras recibidas, y eso por espíritu de rivalidad. Allâh quiso dirigir a los creyentes hacia la Verdad, sobre la que los otros discrepaban. Allâh dirige a quien Él quiere a un camino recto (Cor 2, 213).
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