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Revista Bajo los Hielos Tradición y Literatura Trascendente
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Raúl Brozovich Mendoza Una singular dimensión existencial (Rubén Pilares Villa)
El surrealismo os introducirá en la muerte, que es una sociedad secreta. Os enguantará la mano, sepultando allí la profunda M con que comienza la palabra Memoria. No olvidéis tomar felices disposiciones testamentarias: en cuanto a mi respecta, exijo que me lleven al cementerio en un camión de mudanzas. Que mis amigos destruyan hasta el último ejemplar de la edición del «Discurso sobre la escasez de Realidad»
André Breton “Contra la Muerte” Primer Manifiesto del Surrealismo (1924)
Hace ya algunos años atrás, cierto amigo nos manifestó su decisión de domesticar a un cachorro de zorro que había adquirido a un campesino en la tradicional feria sabatina del Cusco. Por un tiempo, en las oportunidades que teníamos para conversar alrededor de una taza de café, se mostraba entusiasmado por los progresos en su tarea impuesta. Allí, relataba en detalle sus estrategias empleadas y cómo éstas, le estaban concediendo progresivamente un mayor dominio y manejo sobre los instintos del animalito. Sin embargo, luego de unos meses, en uno de nuestros acostumbrados encuentros, nos relató sentido, que su “engreído” había fugado aprovechando la cada vez mayor libertad que le concedía al notar progresos en su domesticación. El animalito había sido trasladado desde su cómoda jaula hasta el amplio patio de su casa y estaba allí asegurado por una cadena ligera pero sólida, que aseguraba inflexible su pata izquierda delantera. El día que notó su ausencia, sólo quedaba como testimonio de la fuga de su protegido, el extremo de la pata izquierda del zorro, la que seguía aprisionada por la cadena, pero su dueño no estaba más allí: había recobrado su libertad.
En estos tiempos de mayorías, de idolatría democrática, mundo que certeramente René Guénon denominó como “El Reino de la Cantidad”, donde con calculado disimulo o coercitivamente se educa –“amaestra”, es la palabra exacta- para el aborregamiento general en el consumismo pequeño burgués, resultando poco menos que una proeza Ser Uno Mismo, es decir, vivir conforme a la identidad que proporciona la naturaleza interior de cada quien, obviamente demostrando hasta el fin una constancia y orientación esencial. Como sentencian nuestros sesudos Planificadores o “Gran Hermano”: todo, incluso el ocio, debe ser pesado, calculado, medido, por tanto, prescrito, “orientado”. Por eso, para aquellos pocos en quienes aun subsisten rastros de sensibilidad y coherencia intelectual, es un genuino reto el que les plantea su sino al confrontarse con todas esas evidencias de cómo en la actualidad se lleva adelante esa gran empresa de sugestión colectiva apoyada en una masiva y persistente campaña mediática, la que el “Sistema” designa con el pomposo título de “Progreso”.
Es en este clima inclemente, de primitivización de la existencia, que la supervivencia de seres extraños a lo que de lejos o cerca tenga olor a pura cantidad, a masificación y a lo que se ha dado por denominar como el “Ideal Animal”, que como anotó Julius Evola, es ese ansia compulsiva por todo lo que es: “bienestar puramente biológico, confort, euforia optimista que enfatiza sobre todo en lo que no es más que salud, juventud, fuerza física, seguridad, éxito material, satisfacción primitiva de los apetitos del vientre y del sexo, vida deportiva, etc., y cuya contrapartida es la atrofia de todas las formas superiores de sensibilidad y de interés”; decíamos entonces, que la supervivencia de esos seres extraños nos da la oportunidad para palpar ejemplos, obtener constancias vivas, de lo que significa e implica luchar por Ser Uno Mismo, lo que exige como principio, el reconocimiento y la aceptación plena de lo que nace con espontaneidad y sin tregua desde adentro, del alma misma, superar el plano exclusivamente mental trocando en “orgánico” todo un conjunto de ideas-fuerza, a pesar –reiteramos- que la “corriente de lo establecido” apunte en sentido contrario, sea coercitivamente o mediante vallas y adulaciones que urdidas con “inteligencia” tratan de erosionar, desviar o malograr la consistencia interior de una persona dotada, lo que en verdad como anota José Luis Ontiveros es una usual forma democrática-totalitaria de negar la excepcionalidad, la singularidad y la diferencia.
Entonces y a contracorriente de lo que presume la generalidad, bajo el hostil clima imperante en la actualidad no es asunto fácil, tampoco cómoda evasión, asumir voluntaria y conscientemente un estado de desarraigo, de liberación de todo lazo finito, de exilio permanente aún en el propio lar, de tomar debidas distancias con toda estratagema, cepo o compromiso del vasto arsenal democrático-globalizado, ser en consecuencia, una especie de “nómada del asfalto ciudadano” y sin embargo, en una muestra de genuino cosmopolitismo, estar en todas partes y en ninguna como en la propia casa. Cuando se posee la suficiente osadía y genio para realizar esto, para aceptarse tal cual, sin dramatizaciones estrepitosas, caricaturescas, lacrimosas, sin facturas, pactos o Memoriales a la estulticia, ni apetitos por esas “coronas a la trivialidad” como son los publicitados “Premio XX” hasta las “medallas de la ciudad”, “de la cultura”, etc., y más bien, apartándose discretamente de las encrucijadas de la notoriedad, evitando o ignorando activamente toda claudicación, toda concesión con lo contingente, en fin, mostrando sin afectaciones ni melindres la sólida convicción de saber para qué se vive, “sin regocijarse con ningún bien, ni atormentándose por ninguna adversidad”, entonces ese testimonio de vida, ese dilatado y perenne “acto de fe” es válido, ejemplar, incluso necesario, sobre todo en este mundo en el que pululan seres quebrados, traumatizados, plásticos, esos que con habilidad de histrión han tomado la costumbre de ufanarse en los ambientes multimediáticos sobre lo rentable que resulta para su cuenta bancaria, hacer las veces de bufón, tener una columna vertebral de goma o presumir de sus muñones, gangrenas y pústulas.
Para nosotros, Brozo ha sido una de esas “rara avis”, uno de esos “cometas” que esporádica e intempestivamente, con el fuego y luz de su intelecto, de su arte, alumbran y dan lustre al firmamento intelectual cusqueño, ese por lo general confortable, familiar, transaccional y “armonioso sistema de capillitas” de lo cotidiano, de lo doméstico, puesto que su vida y obra, vista desde esa perspectiva, no hizo otra cosa que expresar y confirmar la honda y singular rúbrica que su pulso trazaba, singularidad que él pensaba, servía como línea divisoria personal, a manera de puntos extremos de referencia de su lejanía interior, de su aristocracia intelectual, pero nunca, como instrumento de vanidad, de autoseñalamiento, de pose.
Hallarlo inmerso en medio de los ordinarios tumultos de lo masivo, de lo “popular”, despistaba a mucha gente, especialmente a esos que no son más que una unidad perdida entre la “muchedumbre solitaria”, incapaces de entender que la cercanía física, incluso cuando es cotidiana, no siempre da competencia para superar o excluir distancias interiores; verlo cubierto de silencio o por el humo de un arrugado cigarrillo podía al inexperto, especialmente al superficial, dar la sensación de soledad y hasta de necesidad, en realidad, Brozo conocía palmo a palmo y desde temprano, que toda altura es solitaria, que un hombre fuerte nunca lo es más que cuando está en soledad, como que la genuina libertad tiene profundidades insondables para aquello que no es más que “rebaño” o simple aglomeración de seres multiformes, vermiculares, sin rostro definido, sin alma propia, esos “posesos” a los que hoy se complacen en adular e ilusionar la avidez y la picardía denominándolos “mayoría”, así también que la creación, el arte, jamás conviven con las alharacas de cualesquier astuta especulación de simple marqueteo culturalista, como que tampoco, es coartada para la ostentación o el servilismo.
Algunos, amigos genuinos, se angustiaban al observar que su existencia exterior lo mostraba privado del apoyo y seguridades que previa capitulación conceden las formas establecidas, por lo que sin cálculo de intereses, sin grabadoras, lo apoyaron en muchas oportunidades dándole con espontaneidad la mano o velando discretamente su bohemia. Aún recordamos la tarde que un “Wifala” repleto de amigos y admiradores le esperó largas horas para homenajearlo y testimoniarle su afecto y respeto, mientras Brozo advertido del suceso, prudentemente replegaba las velas de su soledad por recoletas calles del Barrio de San Cristóbal.
Espíritu selecto de voz densa, ronca, era dueño de una peculiar ironía y desdén por toda insignificancia sea su apariencia de la magnitud que fuere, lo que le permitía eludir sin mayores trazas de rencor o enfado, la omnipresente petulancia de la estupidez titulada, a los simulacros de autoridad, las presunciones y acrobacias circenses de la medianía o las risitas sarcásticas de los sedentarios y de los que se arrastran atrás de la caravana de la vida por estrategia y genética, por ello, cuando concluyó sus estudios de Derecho en la San Antonio Abad del Cusco, rehusó optar el título de Abogado por “un mínimo de decencia literaria”, conducta que pocos lograron sopesar, reduciéndolo al campo estrecho de lo anecdótico. Estaba muy al tanto que la generalidad de veces, beber, sosegaba en alguna medida el asalto de las hondas ansiedades y turbulencias que asediaban su alma, templando un tanto sus soledades, además, en cierto estadio, le abría paso hasta los arcanos de su daimón personal, con quien así, entablaba memorables y socráticos soliloquios, lo que nos llevó a sospechar que las recónditas raíces de su poesía eran resultado de esas conversaciones interiores.
Maestro de la Palabra, de la Arcilla y del Color, hacía recordar que el sediento jamás se fija si el agua de vida viene a sus labios en copa de cristal, en vasija de arcilla o en el cuenco de una mano fraterna.
La dimensión de su estatura intelectual, hacía que también mostrara facetas de fauno dionisiaco, entonces evocaba entre los junquillos del divertimento y bosques de risas estentóreas, ora la levedad, ora la acrimonia amistosa de La Popis, La Niña Veneno, La Macarena o La Paloma Sucia. Su existencia no fue entonces casa unifamiliar ni de “necesidad social”, sino que lucía aposentos con varios niveles hacía lo alto y también, sótanos complicados, los que administraba con discernimiento, según cómo cada quien tocara sus puertas.
Anarquista nato, siempre se hallaba dispuesto a combatir siguiendo la fórmula: “Ir, no ahí donde se defiende, sino donde se ataca”, porque intuía que era en medio de esas tensiones donde se liberan las más claras luces; sostenía la idea, que el trabajo intensivo en el orden cultural es condición previa y necesaria para la toma responsable del poder político, por ello, dando libre curso a su jovial ironía, durante instantes de su bohemia, brindaba “por nuestros gobernantes políticos, por nuestros representantes políticos, por esos que ni se gobiernan ni se representan siquiera a sí mismos y cuyas bandas nos han secuestrado la política”; la vez que provocativamente le expresamos que junto con Nietzsche pensábamos que “el dolor hace cacarear a las gallinas y a los poetas”, con exquisitez y maestría nos hizo distinguir y admirar a Maiakovsky, los estudios incomparables de Claude Mauriac y el completísimo de Michel Carrouges sobre André Breton y luego a Paul Elouard; también satisfizo al detalle nuestro interés y admiración por el hoy olvidado Alberto Hidalgo; conocía perfectamente a René Daumal y su grupo, acotándonos, por ejemplo, que siguiendo a Daumal y Gilbert-Lecomte, la experiencia poética sólo puede superar el estéril juego verbal a través del testimonio de una expresión vívida, de una ontología, en prueba de ello, siempre se esforzó para que su obra poética presentara señaladas diferencias y distancias con esa poesía tan generalizada de hoy, que ó bien se limita a la pura calistenia de un estetismo autocomplaciente limitado a deslizarse por la superficie de seres y cosas, en una especie de sofisticado divertimento banal, ó es resultado de apremiantes y seniles reflejos condicionados causados por “aneurismas mentales de la tercera edad” y hasta por las oquedades existenciales de burocráticas cesantías y jubilaciones, compulsivamente exacerbadas por consejas pseudo culturales del tipo “tener un hijo, sembrar un árbol, escribir un libro”, su constatación está en que nunca mostró preocupación o agitación alguna por figurar en presentaciones, manuales, compendios o antologías literarias, pues conocía que las más de las veces resultan carcelarias ingresar a esas relativas verdades, ocasionando mas bien, incómodas y desdorosas genuflexiones y formalidades con los especialistas de lo mínimo y sus gerentes, sobre todo cuando al respecto, se divertía parafraseando a Teófilo Gautier en su ácida cita afirmando que “nadie se hace crítico hasta que ha resultado probadísimo a sus ojos que no puede ser poeta”
En Brozo, ese insólito diamante de esta época embriagada de ignorancia y codicia, que tal como sentenciara con verdad corrosiva Ángel Avendaño: “Brozovich no toca las campanas orgullosas del Cusco Colonial, patea las latas vacías del Cusco contemporáneo”; decíamos que con Brozo sucedió lo que ocurre entre los que pueden ver o intuir su crepúsculo, que “así como los ríos, cuando se aproximan al mar –su muerte y su infinito-, evitan el estrépito y los sobresaltos”, por lo que se diría más bien, que junto con Gonzáles Prada hubiese musitado: “Cuando vengas tú, supremo día, yo no quiero en torno mío, llantos, quejas ni ayes. Ni mármol quiero yo, ni tumba. Pira griega, casto y puro fuego, abrasa tú mi padre; viento alado, lleva mi polvo al mar. Y si algo en mí no muere, si algo al rojo fuego escapa, sea yo fragancia, polen, nube, ritmo, luz, idea”.
Hoy que las tonalidades de su estro se han vestido de inmortalidad y su voz, “rivalizando con la del Océano, se abismó”, es posible glosarlo expresando que ha cruzado limpiamente el espeso río de la muerte proterva..., ese dédalo de sombra..., por eso que sus genuinos amigos y admiradores lo sueñan ya como Puma, Colibrí o Águila del véspero taciturno..., ostentando el anillo del cielo..., suplicando arroje una estrella perdida..., o será tal vez que el amigo, el Maestro y Gran Capitán de tantas jornadas, entre ñujchus, q’euñas y chachacomos, Duerme un silencio de Puma..., allí donde giran ávidas constelaciones..., es posible..., lo que sí es incuestionable, es que oigo a los Eternos que me repiten estas palabras rápidas y aladas:
“era un Maestro, tenía su reino y su pueblo, y acuñaba monedas con su busto...”
era
POESÍA ILUSTRADA
Qosqo, 3 de Junio del 2006 e.v.
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