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B a j o l o s H i e l o s
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Juan Pablo Vitali
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Juan Pablo Vitali La calle Parecía una calle antigua. En realidad, no era tanto el lapso transcurrido, midiéndolo en tiempo histórico; pero el tiempo de estos confines, no puede medirse sino teniendo en cuenta, la larga cronología de las razas migratorias desembarcadas en sus puertos. Las construcciones, parecían traslucir antiquísimos sedimentos de culturas milenarias, arrastrados por los hombres y mujeres de la estirpe que encallaron un día aquí. La nostalgia –inescindible de nuestro finisterre- hacía parecer más viejas, las formas de principio de siglo plasmadas en los frontispicios de las casas. Sobre las vías abandonadas que se internan en el monte, crecía libremente el pasto. Los puentes de hierro, se ocultaban parcialmente, detrás de los ramajes furiosamente verdes, que se bamboleaban con la brisa tibia de las primeras temperaturas cálidas. Los barcos, anclados desde épocas inmemoriales en el puerto, con sus paredes cubiertas de óxido y remaches, parecían no haber salido jamás, de los muelles que ahora ocupan. las casas eran de madera y de chapa. Las galerías estaban adornadas con cenefas, que con sus columnas de caño y sus baldosas opacas, enmarcaban las plantas que superaban ampliamente la superficie de las macetas, invadiendo los amplios patios. Todo era inalcanzable y antiguo. Los ambientes dormidos, como ignotos anticuarios ignorados, estaban precedidos por laberínticos senderos. Nadie parecía transitar aquella calle. Lo delataba el aspecto de la superficie del empedrado, cuya humedad intangible, hacía que ningún paso pudiera horadarla sin ser notado. Nadie hablaba, o quizá las palabras quedaban encerradas en una zona desconocida, vedada al mundo exterior. Discurría un tiempo primordial, blindado en su misterio, y profusamente perfumado por centenarias glicinas, y por rosales de peligrosas espinas, con lejana memoria de telas rasgadas, y de secretos susurros de enamorados. Supe desde el principio que no era prudente tomar por aquella calle, un sopor de melancolía malsana me lo anunciaba. Sin embargo, mi temperamento es proclive a ese tipo de impulsos, y a trasponer ciertas puertas prohibidas. Desde un bar oscuro, algunos parroquianos balconeaban disimuladamente mi indecisión. Hablaban entre ellos en un idioma extraño, mientras sus movimientos sólo se distinguían, por el cambio de posición de sus camisas blancas en la penumbra del ambiente. Tuve entonces un extraño presentimiento, pero no iba a detenerme por eso, ni porque unos cuantos curiosos me observaran. Atravesé finalmente esa línea sutil, recordando las palabras blitzkrieg y maginot, en una libre extrapolación histórica. Traspuse el límite ceremonialmente, como ingresando a una ciudad en ruinas, amurallada en los recuerdos de su devastación. Sentí que se me volvía dificultoso respirar, y que una opresión en el pecho aumentaba. Esperaba que algo definiera aquella incertidumbre. Pero nada ocurría, o al menos no pude percibirlo de inmediato. Al principio, no soportaba la visión directa de las casas, de los números en lo alto de los frentes – consignando el año de construcción – luego, me fui acostumbrando. Desde los oscurecidos relieves, como gárgolas decadentes, fantasmas de mi misma sangre parecían observarme. Transitar por el empedrado desparejo rompía el auto. Una cuadra tras otra, todo me invitaba a volver sobre mis pasos, pero algo me lo impedía. Conducía abstraído, sumido en profundas cavilaciones, cuando la pelota de trapo se cruzó por delante de mi auto. Y como sé que inevitablemente, detrás de una pelota que atraviesa la calle, sea de trapo o de cuero, sale detrás un niño corriendo, clavé inmediatamente los frenos. El mantenimiento del auto no era el mejor para su modelo anticuado, de modo que no frenó como era debido. Estuve seguro de haber embestido al pequeño, pero como no sentí ningún impacto, bajé del vehículo para saber qué había ocurrido. Lo cierto es que al mirar atrás, el niño estaba parado sobre los adoquines desparejos, con una sonrisa cómplice, diciéndome: – Por favor Don, no se lo diga a mi vieja. – ¿ Y dónde está tu vieja pibe, si es que puede saberse? Contesté azorado. – Allí. Fue la concisa repuesta, señalándome el negocio situado enfrente. Pensé muchas cosas confusas mientras cruzaba la calle con el niño de la mano. Cosas que no entendía, y que acaso no quería entender. Antes de golpear la puerta de madera, pude leer una pizarra sobre la que alguien había escrito con tiza, el precio del plato del día. Al trasponer la entrada del negocio, sentí un fuerte olor a puchero, mezclado con otros aromas que quedaban en un segundo plano: el del mimbre de las sillas, la leña de la cocina, y el de los jazmines y glicinas cercanos al río. El ambiente me envolvió de tal modo, que me quedé ahí parado, inmóvil, mientras el niño hablaba con su madre. Minutos después, me encontraba sentado frente a un vaso de vino de la costa. Se sumaba a aquella cálida embriaguez, un fuerte olor a pan recién horneado. La mujer iba y venía, limpiando y sirviendo las mesas. La cadencia de su paso y su perfume, descompasaban el latir de mi corazón. Un ceñido vestido floreado y un peinado a lo Zully Moreno, le daban un aire cinematográfico. Sus formas perfectas, se realzaban por lo ajustado del talle, y por los dos primeros botones del vestido desprendidos, que alivianaban así, la presión ejercida por la dura redondez de sus pechos. El ruido de sus tacos parecía devastar las tablas, cuyas vetas gastadas resaltaban claramente, en el lugar que parecía ser más transitado. El traqueteo, se me clavaba como una astilla, en lo más sensible de la corteza cerebral. Luego de varias idas y venidas, ella notó mi poca voluntad de moverme, entonces se me acercó directamente, logrando que se me secara la boca y se me cerrara la garganta. Comenzó a hacerme preguntas: me preguntó por ejemplo por mi ropa –que le resultaba extraña por lo extemporánea. Fui contestando al interrogatorio, lo más superficialmente posible, dándome cuenta que la mujer en realidad, no ponía mucha atención en las respuestas. Creo que la requisitoria, fue sólo una excusa para las sonrisas compartidas, y para que los ojos de ambos, se entregaran a un lenguaje envolvente, sensual, que en breve nos dominó por completo. Aquel diálogo se fue haciendo poco a poco más íntimo y profundo. Disfrutábamos el privilegio, de ser ciudadanos de aquella patria de jazmines, en cuya noche húmeda nos fuimos hundiendo, hasta internarnos en la magia suave y antigua de su habitación; luego de cobijar al niño, cansado de jugar a la pelota, en el cálido lecho de su cuarto, situado del otro lado del patio. Lo que siguió, no quiero describirlo con palabras. Cuando desperté sobresaltado, estaba mirando ese río tan ancho, que nunca me deja de asombrar. Hoy, además de su ancho, también la longitud de su camino costero me parecía interminable. Sacudí el sueño con un trago de caña, tratando de dominar el temblor de mis manos, y sobre todo, de no pensar. Sabía que estaba despierto, pero no podía, por el momento, recuperar la conciencia de la realidad, esa realidad que hasta poco tiempo atrás, consideraba unívoca. La delgada línea trazada, para que una dimensión y otra se mantengan divididas, se había borrado. Aunque acaso verdaderamente nunca había existido, desde un punto de vista externo a lo estrictamente humano. Sólo sé que algo quedó manifiesto: las cosas ya no serían como antes, aunque no pueda precisar materialmente los cambios acaecidos. Es probable que ni siquiera deba hablar de cambios, tratándose de dimensiones que desconozco; o que pretendo desconocer, para no admitir que pueden ser más reales, que las reconocidas corrientemente como tales. Quise volver a la normalidad. Traté de olvidar inútilmente, aquello que ahora me resultaba incómodo, con otro trago de caña. Aceptar sin más aquella realidad, implicaba reconocerle igualdad, cuando no superioridad existencial, con respecto a lo que las personas comunes consideran normal. Traté de cerrar las puertas a aquella percepción, pero ya no tenía poder sobre ellas. Perturbado, arranqué el vehículo y retomé el viaje. Al rato de andar por la costanera, llegué hasta la selva marginal que se encuentra al final del camino. Doblé a la izquierda por la ruta vieja, levantando piedras y espantando a bocinazos los cuises que se me cruzaban, alejándome así de la costa. Me complacía cada metro que dejaba atrás, como si huyera de un peligro desconocido. El viento me resultaba extraño, empalagoso de tibieza y de olores familiares. Por momentos, todo me parecía desconocido. Así anduve largo rato, sin atreverme a torcer la vista hacia los costados. Finalmente, al llegar al empalme con la autopista, sintiéndome suficientemente lejos, giré la cabeza. Entonces mi rostro demudó en rictus: Sobre el asiento del acompañante, había un vestido floreado pasado de moda, y una pelota de trapo que, por sus características, podía sospecharse databa de la misma antigüedad.
OBRA
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jvitali@uolsinectis.com.ar
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