B a j o  l o s  H i e l o s

    Tradición y Literatura Trascendente

                                                                

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©Bajo los Hielos 1999-2007

 

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FUENTES INTANGIBLES

(A modo de Introito)

 (Capítulo introductorio del libro TEOLOGÍA   CÁTARA Las creencias de una comunidad exterminada  de Narciso Lué, Ediciones Bajo los Hielos, Santiago de Chile, 2007)

 

         El propósito de esta obra es tratar echar luz en las creencias que alentaron a estas personas que vivieron y padecieron hasta el exterminio en una región concreta y en un tiempo histórico dado. La tarea no es sencilla a tantos años de la desaparición de sus adeptos, lo que exige un esfuerzo mayor que otros fenómenos religiosos que ofrecen al investigador fuentes fidedignas y suficientes pese al paso del tiempo. Hay que precisar que los cátaros escribieron poco (en la Edad Media se escribía poco) y eran escasos los libros que circulaban. Por ello, su catequesis era oral. Lo que se sabe de ellos está escrito en las actas de sus inquisidores y en unos textos cátaros recogidos en pocos libros como el de René Nelly que reúne varios temas recopilados bajo el título “Escrituras cátaras”, siendo la más conocida el “Ritual occitano de Lyon”.

 

Entre otras obras cátaras, es importante “La Cena Secreta”, un diálogo entre Jesús y Juan, que es un texto bogomilo (búlgaro), del cual se conocen dos versiones: la vienesa y la de Carcassonne. La importancia de esta obra es que se aparta del dualismo absoluto que terminó imponiéndose al moderado como dogma oficial entre los cátaros. Sin embargo, el texto más recordado por los autores modernos es “El Libro de los Dos Principios”, donde se afirma el dogma del dualismo espíritu-materia, luz-oscuridad, y todo otro que se forja en el básico del Bien y del Mal. Importante era también para los cátaros el Evangelio según San Juan, en la versión canónica de la Vulgata Latina de San Jerónimo, aunque interpretaban su texto libremente y por lo tanto, alejados de los mandatos de la jerarquía católica, con la que disentían no poco. Existió una tendencia denominada “dualismo moderado”, según lo mencionamos en líneas atrás, que se extendió en Italia, especialmente en las ciudades de Concorezzo (cercana a Milán) y Bagnolo. Sólo precisar aquí que esta moderación da entrada a la concepción luciferina que junto a la cainita, son ámbitos de un pensamiento heterodoxo que está ceñido a la rebeldía principesca del hombre enfrentado a Dios. Moderación en cuanto al dualismo mas, muy extremista en cuanto a la idea de un cosmos abierto en disputa con el reino terrenal.

 

         Acerca de los cátaros hay bastante bibliografía de diverso calado. De sus hábitos, de su historia, de su mitología y por supuesto, de su influencia en una serie de acontecimientos históricos y sociales que han dejado huella, aunque la historia oficial de ordinario los ignore. No obstante, poco o nada se ha escrito específicamente de su teología como tema monográfico, porque en realidad no existen fuentes fidedignas de este tema. Todo se reduce a ritos, comentarios, oraciones, referencias históricas, y poco más. De estos textos nada en claro obtendremos en lo que se refiere a nuestro objetivo.

 

Para acceder al contenido de los dogmas de cualquiera doctrina sagrada es menester profundizar en el sentido trascendente de sus textos sagrados, sean canónicos o apócrifos, y el catarismo adolece de ellos, lo que dificulta sobremanera la tarea si queremos rebasar lo exotérico sin detenernos en sus aspectos meramente religiosos. Queremos decir que el fenómeno religioso en cuanto tal, carece de interés para nosotros si perseguimos la finalidad de desentrañar los fundamentos de su doctrina sagrada, si la tuvieron, y determinar hasta qué punto pudo ser el catarismo tan sólo una expresión moral en una sociedad ávida de cambios en los hábitos apostólicos de los jerarcas católicos, especialmente los obispos, cargados de culpas y exteriorizando una vida claramente no cristiana.

 

De los cátaros, por ellos mismos, se sabe poco. Perseguidos por más de doscientos años, torturados y asesinados, los encargados de esta tarea han borrado el legado escrito, seguramente escaso que hubieran podido dejar.     Lo que se sabe de los perseguidos cátaros es fruto de la tradición oral de la gente que habita lo que fue aquella occitania francesa, donde cistercienses y dominicos se aplicaron con fervor a la exterminación de las jerarquías cátaras y de sus fieles creyentes. Y aunque ostente como una contradicción aberrante, también se puede reconstruir algo de aquella concepción social y religiosa, por escritos de Papas, obispos y cruzados contra los albigenses, así como por las actas de los inquisidores. Solía decirse en aquella época que había dos iglesias: “la que posee y despelleja, y la que perdona y huye”. Fue en la prédica de Pierre Authié, a comienzos del siglo XIV, a quien se atribuye tal expresión, que completa, dice lo siguiente: “Y es que hay dos Iglesias: la una huye y perdona (Mateo 10, 22-23), la otra posee y despelleja: la que huye y perdona mantiene el recto camino de los apóstoles; no miente ni engaña. Y esa Iglesia que posee y despelleja, es la Iglesia romana...”. Aunque fuera falsa o inexacta la cita, principalmente teniendo en cuenta el siglo en la que se dice que ha sido dicha, vale sin embargo para poner de manifiesto el fenómeno cátaro en el medioevo del sudoeste francés.

 

Por todo ello, este trabajo centrará su atención en algunos de los postulados cátaros que no ofrecen dudas a los historiadores, proponiéndonos situarlos con la imaginación en lo que se sabe de cómo era aquella realidad histórica a fin de no excedernos en lo que podamos afirmar dado que si los textos sagrados existieran poco o nada necesitaríamos de los hechos históricos.

 

Con objeto de dejar constancia muy brevemente de quiénes eran los cátaros, daremos una fugaz miscelánea ya que existen numerosas obras que desarrollan este tema generosamente. Nosotros sólo diremos que el de los cátaros no era un pueblo distinto del galo, ni una nación sin territorio u organización política, sino una iglesia que pregonaba dogmas distintos de los del cristianismo ecuménico, basados en interpretaciones libres de los textos canónicos. Se inspiraban, según parece, en textos sagrados o trasmisión oral del credo mazdeísta, del maniqueísta y al parecer, de otras doctrinas sagradas orientales traídas a Europa, quién sabe por los cruzados. Conformaron una secta singular, cuya sustancia estaba impregnada por una variedad de las doctrinas orientales incluyendo, obviamente, las que pregonaban la reencarnación, entendida del modo más absurdo en lo que se refiere al destino del alma después de la muerte.

 

Es curioso advertir que esta concepción ausente en todas las doctrinas sagradas orientales haya fructificado en la Europa occidental de aquel entonces, siendo una creencia admitida sólo por el budismo, que es una religión muy cercana en el tiempo y una ramificación heterodoxa del hinduismo verdadero. Y mucho más extraña es esta forma de entender la reencarnación, habida cuenta que el budismo nació y creció en el norte de la India, lejos de la ruta de los cruzados. De ahí que, desaparecido los cátaros y alguna otra secta que creyeron en la reencarnación del alma, esta teoría terminó abandonada para resurgir con fuerza durante los siglos XIX y XX en apoyatura de las tesis espiritualistas, especialmente las de origen francés, porque fortalecía la creencia en la comunicación con los muertos.

 

Fueron perseguidos por la Iglesia Universal (kaqolikóz), con apoyo de los reyes de Francia, hasta lograr su total exterminio, algo que se repitió no mucho después con los Templarios. Los cátaros se habían asentado en la región del Languedoc, donde se hablaba la lengua d´oc, mientras que en el norte de la Galia se hablaba la lengua d´oil.

 

La campaña contra los albigenses, así llamada debido a que en la ciudad de Albi residían numerosos cátaros, arreció en los condados de Foix, Rousillon, y el vizcondado de Trencavel, donde se vivieron episodios de verdadera crueldad, a punto tal que entraron en la ciudad de Béziers para apresar y ejecutar a doscientos veinte cátaros, y cuando los soldados preguntaron a su jefe cómo distinguir a los cátaros de los cristianos, el abad cisterciense Arnaud Almaric a cuyas órdenes marchaba esta cruzada, ordenó: “Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”. Y ese día murieron degollados, lanceados y quemados cerca de cincuenta mil personas, según la carta que envió el propio abad al Papa Inocencio III. Por cuenta del Rey de la Galia, dirigía militarmente la cruzada Simón de Montfort, que rapiñó todo lo que pudo, adueñándose de los territorios de los señores feudales que apoyaban la causa de los cátaros y que también fueron pasados por el filo de la espada, torturados o envenenados, como el vizconde Raymond-Roger de Trencavel. La persecución duró algo más de 200 años, y esta iglesia y las creencias en las que asentaban su proyecto espiritual, fue exterminada evidenciándose como el primer genocidio europeo, no reconocido ni reivindicado por nadie, hasta la fecha.

 

         Si esto es así, que lo es, reconstruir aquella teología cátara es una tarea ingente pero atractiva, no solamente por lo que pensaban y cómo vivían, que ya sería suficiente para excitar la actividad intelectual de cualquier historiador, sino por lo que puede restar de ellos en nuestra actualidad materialista, posesiva y cruel. Hemos llegado a un punto en que ya no es motivo de encubrimiento el pensar y declarar sin ambages que “tanto tienes, tanto vales”, de suerte que en una sociedad de principios tan sombríos, el pensamiento y la conducta de los cátaros de entonces y que pudieran estar sobreviviendo entre nosotros, deberían ser fácilmente reconocibles. Bien entendido que se puede asegurar que en la actualidad y desde su desaparición hace cientos de años, nunca más se halló un solo cátaro, al menos, que se haya dado a conocer, pese a existir como existe en buena parte del mundo y especialmente en Occidente, una absoluta libertad de culto, lo que no hubiera sido impedimento para darse a conocer sin temor. Esto nos hace pensar que extinguida la secta en el medioevo, los cátaros desaparecieron para siempre y si se advirtiera alguna forma de “resurrección” no pasaría de ser una reconstrucción desde nuestra actualidad; nada auténtico, sólo una copia de sus aspectos formales.

 

         El catarismo no se basa en fuentes fidedignas, según dijimos. No se han hallado documentos cátaros que ilustren acerca de sus principios teológicos. Sólo se conocen algunos dogmas acuñados en los documentos de sus verdugos, y una corta simbología de cruces discoidales, monedas, figuras en barro y bronce, bosquejos dejados a la posteridad con claro espíritu rupestre, descubiertos en algunas cavernas del Ariège francés, y poco más. Esto permite asegurar que los cátaros trasmitían sus creencias oralmente enseñando a sus oyentes a comprender lo que explicaban. Con todo, los cátaros no ejercían un proselitismo agresivo.

 

El hecho de que un buen número de creyentes cátaros se decían cristianos obedecía seguramente al temor de sufrir tortura y muerte si confesaban su verdadera fe. Este encubrimiento, sin embargo, no era practicado por los Perfectos o Puros, como eran conocidos quienes se dedicaban a predicar. Ellos soportaron las torturas y aunque hubiera podido haber alguno que por evadir el dolor insoportable claudicara, lo propio de esta singular especie era sufrir en silencio y dejarse conducir a la hoguera sin resistencia. Algo que no deja de sorprender y que merece algunas reflexiones en relación a aspectos de la doctrina hindú.

 

Del mismo modo que el yoghi no teme a la muerte, tampoco la la temía el Puro. Sabemos por los textos sagrados del hinduismo que enseñan que “La felicidad y el sufrimiento no tocan a aquel que llega a estar completamente desapegado del cuerpo” (Chandogya Upanishad, VIII, 12, 1). El desapego o desasimiento en palabras del Maestro Eckhart, es la condición fundamental para liberarse de las sensaciones mundanales y estar preparado para que la Conciencia Pura “conduzca” al yoghi mediante la contemplación a su unión con el Absoluto. No podemos asegurar que los Puros fueran capaces de asimilar esta doctrina sagrada y siquiera suponer que la conocieron; no obstante, todos los caminos conducen a Dios si se pone empeño en ello. Si el yoghi no teme a la muerte porque está desasido del mundo y con ello del sufrimiento y el dolor, recibe a la muerte sin padecimientos ni temor. ¿Acaso no era la forma en la que los Puros se dejaban conducir a la hoguera? También se puede alegar otra posibilidad: que no temían a la muerte porque estaban persuadidos de que regresarían reencarnados.

 

         Carentes de un heresiarca como lo tienen los maniqueos en Mani o Manes, los mazdeístas en Zoroastro o los hindúes ortodoxos en Krishna o Buddha, o Mahoma en el Islam, en fin, alguien que haya sido el receptor de los mensajes, advertencias y mandamientos propios de esa religión, los cátaros se ven mermados como feligreses de una religión sin mensaje propio. Y esto tiene su importancia porque si la lengua original, verdadera o sagrada es el idioma de Dios, es por ello mismo totalmente inaccesible a nuestra especie; de ahí que se sirva de seres iluminados como los profetas o enviados o mensajeros, tales como Moisés, Ezequiel, Zoroastro, Buddha, Jesús, Mani, o Mahoma entre otros, para trasmitirles instrucciones, advertencias y conocimientos en el llamado lenguaje de los pájaros, que son versiones adaptadas de la lengua sagrada a las de los seres humanos.

 

Creemos que no está demás dar un rodeo acerca de este tema para que sea mejor comprendido. En la tradición hermética, el “lenguaje de los pájaros” llamado también “lenguaje de los ángeles” o “lengua angélica”, es una denominación simbólica directamente relacionada con un alto grado de iniciación mediante el cual es posible establecer una comunicación con los estados superiores del ser. Los pájaros, como los ángeles, son creaturas cuya sustancia ostentan ese alto grado de espiritualidad. Como quiera que el lenguaje de los pájaros está destinado a los iniciados, es fácil hallar referencias apropiadas a su lenguaje en no pocos pasajes de las distintas doctrina sagradas cuando mencionan a las aves del Paraíso, el ave Fénix, los ángeles que vuelan como las aves, el Quetzalcoatl de la civilización azteca, pero sin que esa referencia tenga en sí misma algún significado manifestado en su símbolo, sino que significará lo que a cada momento el símbolo aparezca y lo hará dentro de su contexto, porque un mismo símbolo puede tener significados distintos aunque en su culminación todos esos significados sean concurrentes hacia un mismo punto, como la unión de los complementarios y resolución de los opuestos.

 

Una de las modalidades atribuidas a la expresión de este lenguaje singular sostiene que los contenidos del lenguaje se manifiestan por la manera de volar de las aves, cuyos vuelos tienen significados distintos conforme los trazos que en el Cielo realizan. En el cristianismo, San Francisco de Asís fue uno de los que conocían este lenguaje, aunque el dato está encubierto por la referencia a su amor por todos los animales, sin que respecto de los pájaros tengan una alusión muy clara. Es sabido que una de las características de la simbología es su ocultismo, que invita a descubrir su significado.

 

Lo que de verdad interesa aquí es determinar si el catarismo ha sido tan sólo una manera de vivir bajo el régimen de un sistema coherente de reglas morales u otra cosa, o ambas, pues lo que nos interesa saber es hasta qué punto sus creencias pudieron llegar a cristalizar en lo que técnicamente se conoce como teología de una religión. La cuestión se reduce a saber si se podía en aquellos tiempos ser cristiano sin aceptar el compromiso de integrar el Cuerpo Místico de Cristo. De esto se trata, esencialmente, el propósito de este trabajo. Y otra pregunta: suponiendo que se dé por cierto que los cátaros aceptaban el dualismo de una Creación satánica y un futuro de felicidad y bondad gracias a la Parusía ¿es posible un cristianismo que admita la dualidad de la Creación, o es herejía?

 

De un punto de vista eclesial y seguramente también en orden a las categorías del conocimiento iniciático, los cátaros practicaron la disección de su doctrina en tres grados, lo que pudo obedecer a distintas razones. Por una parte, a la estrategia de no asustar a los fieles católicos con ideas demasiado exóticas. Por otra parte, porque aunque hubieran preferido entrar de lleno en todo lo que de esotérico pudo haber tenido la interpretación del cristianismo, por mucho empeño que hubieran puesto para convencer a los campesinos, panaderos, sastres y demás artesanos, nunca lo hubieran logrado. Un maniqueísmo rebozado con las interpolaciones esotéricas del catarismo activo no hubiera podido ser asimilado ni con esfuerzo por la gente humilde, nunca más allá de las enseñanzas prácticas de las tres abstinencias: carne, sexo y alcohol, más como paradigmas que como deberes prácticos, ya que sólo estaban obligados a tales abstinencias los Perfectos o Puros. Se podría añadir otra razón: la necesidad de no alarmar a las jerarquías de la Iglesia Universal, para que los dejaran predicar sin sobresaltos, que es lo que ocurrió en los primeros tiempos. Santo Domingo y San Bernardo trataron de atraerlos al seño de la Iglesia Universal, sin lograrlo; las persecuciones vinieron después. De ahora en más, cada vez que se lea en nuestro trabajo “Puro”, equivaldrá a “Perfecto”, ya que de ambas maneras eran conocidos los predicadores de esta fe medieval; entre ellos mismos, en cambio, solían llamarse hombre buenos y mujeres buenas, o miembros de la Iglesia de los buenos cristianos.

 

No es asunto baladí el precisar si la cruzada contra los albigenses fomentada por los Papas lo fue contra herejes o contra infieles. Aunque igual efecto hubiera producido una cosa que la otra, ya que tanto vale matar con un propósito que con otro; los cadáveres lo demuestran. Por ello, da igual que la cruzada contra los albigenses se hubiera gestado para exterminarlos por ser infieles como por ser una secta de herejes. En todo caso, estas cruzadas contra infieles o contra herejes consistieron en exterminar a quienes no pensaban del mismo modo que las jerarquías del culto cristiano lo ordenaban lo que, bien visto, en ningún caso es algo que merezca la muerte. El aclarar si fueron herejes o infieles no tiene otro propósito que alumbrar otro punto de vista del concepto que de ellos tenían los católicos.

 

La jihâd cristiana fue tan cruel como lo es la actual jihâd islámica, que tanto empieza a preocupar en Occidente, y los cruzados católicos y los muyahidines, están cortados por la misma tijera, aparentemente, porque en realidad los cruzados rapiñaban después de la matanza, algo que no hacen los actuales muyahidines del Islam que se inmolan por Allâh lo cual, obviamente, no los convierte en santos. En este punto, quisiéramos introducir una reflexión acerca del Islam.

 

Se suele oír que los pueblos islámicos en ciertos aspectos están aun insertos en la Edad Media, y ello es cierto, aunque no con el peyorativo significado de pueblos atrasados con el que se despacha esta afirmación, pues el atraso depende del punto de vista con el que se juzga una situación. Técnicamente, lo están. Pero también se puede pensar que están situados de modo permanente en un estado superior del espíritu, un estar en Dios.

 

Para un musulmán, cada paso de su vida está atravesado por una espiritualidad sagrada, y así lo siente con un fervor a veces desquiciado por el fanatismo. Es destacable, no obstante, que no es concebible para un musulmán una vida sin su Dios como referencia cotidiana, por lo que no concibe vivir sin sometimiento a las normas que le proporcionan la posibilidad de comunicación perpetua y sumisión a Allâh, porque el Islam significa precisamente “sumisión”. Esa forma de vida y esa visión cósmica de su conciencia religiosa entregada a lo trascendente era propia del medioevo, y por lo tanto, se practicaba también en la Iglesia Universal que como el islamismo, pretendía con todas sus fuerzas administrar el gobierno de las cosas sagradas y de las cosas terrenales, algo que nunca logró el cristianismo. No obstante, esa manera de concebir la vida medieval que aun permanece en el comportamiento de los musulmanes, es verdad que los mantiene aferrados a los hábitos de aquellos siglos pasados que fueron, en definitiva, más espirituales que los de nuestra actualidad, pero también es cierto que su fortaleza en el mundo actual se evidencia por la unidad de un pueblo que no responde a lazos de geografía política, sino por una religión y un idioma común sin el cual no se puede leer el Corán, libro sagrado que anida en el corazón de todo musulmán.

 

Una sociedad organizada sin la presencia de Dios en sus almas y la de las normas religiosas en sus vidas, no es concebible para religiones que como el Islam, toda jurisdicción celestial y terrena descansa en el Corán, como en la Tanak para los judíos ortodoxos (lo que los cristianos llaman Antiguo Testamento). Una sociedad sin esa dimensión hierofánica es una sociedad de hombres y mujeres desorientados y acobardados toda vez que deben enfrentarse a un problema nuevo que los aleja del centro de sus actividades cotidianas y repetitivas.

 

Aunque haya una perversión en el modo de intentar acceder al Paraíso musulmán matando infieles, también es cierto que ciertos musulmanes matan para halagar a su Dios y no al vellocino de oro, como se mata en Occidente. El Paraíso musulmán al que pueden acceder los fieles después de la muerte, se compone de siete Jardines (Yannat), en escala. La ascensión del alma del musulmán por esos diversos tramos configura la máxima purificación y perfección del espíritu, y sólo los místicos, poseedores de almas superiores se encumbran con su esfuerzo espiritual hasta alcanzar el Último Jardín. La Luz, o Nur de Allâh de que habla el Corán, vierte su luminosidad propia de su estado superior en estos Jardines, informándolos y bendiciéndolos.

Dice el Libro Sagrado:

Quienes obedezcan a Allàh y a Su Enviado,

 Él les introducirá en Jardines
 regados por aguas vivas,
 en los que morarán eternamente.
 

                                     Corán (sura 4, aleya 13)

 

          Para finalizar esta introducción diremos que el conocimiento profundo de una doctrina sagrada puede hacerse de dos maneras: por la simbología o por la metafísica tras-esencialista. Con la primera es imposible siquiera tentarlo en este trabajo porque se adolece de textos sagrados u objetos físicos que permitan descubrir la existencia de símbolos y desentrañar su significado sacro. Los símbolos físicos son escasos para intentar una tarea más o menos completa. La segunda posibilidad es la única que podemos intentar a partir de los escasos artículos de fe de esta congregación de hombres buenos y mujeres buenas.

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INFORMACIÓN SOBRE EL AUTOR

El autor es un conocedor de la espiritualidad tradicional, especialmente medioeval.

Sus artículos han sido incluidos en la revista "Bajo los Hielos" (véase su interesante  trabajo ": «El cáliz sagrado y el Santo Grial» en http://www.bajoloshielos.cl/18lue.htm) como en el sitio "Atrivm" http://es.geocities.com/atrivm2001/, donde ha dado muestras de su agudeza y conocimiento, especialmente en Cristianismo.

 

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